Versión femenina y libre
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.
ECLESALIA, 28/03/05.- “Las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado” (Lc 24, 1-12)
“Se han llevado a mi Señor…” (Jn 20, 11-18)
“Vio”…. “creyó”….. “entendió”… (Jn 20, 1-9)
“Las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro, impresionadas y llenas de alegría…” (Mt 28, 8-15)
“Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro” (Jn 20, 1-9)
ECLESALIA, 28/03/05.- Tres mujeres se encuentran a la salida del pueblo. La noche es cerrada pero la luna, aún iniciando su mengua, entrega su luz para que el camino se vaya dibujando ante sus cansados pies. El sueño y el descanso no habían sido sus compañeros en aquella larga vela. El cansancio, el dolor y la pena les mantuvo en un letargo interrumpido cuando presintieron que estaban próximas las luces del alba.
La tradición y la costumbre las puso en pie. Las mujeres sabían lo que había que hacer. Durante generaciones -con un conocimiento que pasaba de madres a hijas- se habían encargado de preparar a sus difuntos para el viaje final, de ahí que, aquellas tres mujeres, llevaran “los aromas que habían preparado”. Las manos de las mujeres, tradicionalmente, daban la bienvenida a la vida, atendiendo a parturientas y recién nacidos, y entregaban el último adiós a quien partía.
María Magdalena, Juana y María la de Santiago, sin mediar palabra -para qué palabras si el que era la Palabra había muerto y yacía enterrado- se encaminaron al huerto donde estaba el sepulcro en el que habían puesto a Jesús. Otras mujeres debieron recorrer algo más tarde el mismo camino.
Ni la noche ni el miedo pudieron retenerlas. Podría haber represalias, los jefes de la sinagoga y los romanos sabían que el crucificado tenía seguidores… y no querían problemas. Pero, aquellas mujeres tenían una baza a su favor, como todas las de la época eran “invisibles” y en este caso representaba una ventaja. Había discípulos pero no discípulas… al menos, no censadas.
Llegaron y “encontraron corrida la piedra… entrando no encontraron el cuerpo”. Instantes eternos de desconcierto. Pavor. Los pies de María Magdalena la encaminaron a la única tierra que, después de haber visto muerto y enterado a su Señor, sería su país y su reposo: el cementerio… y ¡ni siquiera le quedaba eso!… “se habían llevado a su Señor”. Momentos amargos.
De nuevo, la Vida –con mayúsculas- vino en auxilio de la vida: “¿Porqué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.
Las capas de dolor, cansancio, pena, desconcierto e incomprensión fueron cayendo. Sucedió lo que tenía que suceder: recordaron. María escuchó de nuevo su nombre y recordó. Habían creído la Palabra de Jesús pero los últimos acontecimientos –“el hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores, ser crucificado…”- les habían hecho olvidar la promesa –“… y al tercer día resucitar”.
En un instante, aquellas mujeres vieron claramente lo que ya creían y por fin, entendieron. Su alegría fue tal que no podían parar de correr, querían contar a todos que la promesa se había cumplido.
Llegaron ante los apóstoles, que aún tenían dibujados en sus rostros y en sus almas las huellas de la desolación, el sin sentido y el dolor de todo lo vivido, y aquel torrente de palabras nerviosas de las mujeres “impresionadas y llenas de alegría”, les fue sacando de su pasividad. Les “sobresaltaron pero ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron”... ¡Cosas de mujeres!.
No hay que tenérselo en cuenta, recordemos una vez más que las mujeres no tenían ni voz ni voto. Era difícil de comprender que la Gran Noticia, la Buena Nueva pudiera ser comunicada a través de quienes no podían hablar en público. Jesús siguió utilizando la misma técnica pedagógica: Dios se manifiesta desde lo pequeño, lo escondido, lo silencioso… e incluso, lo silenciado.
En medio de aquella algarabía y del desconcierto que les producía no ser creídas, se oyó una voz que emanaba autoridad, abriendo paso a un silencio expectante: ¡¡¡Señores… esto no ha hecho más que empezar !!!
Al instante, “salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro”.
Animo a quien tenga oportunidad de visitar, en Madrid, el Museo Thyssen, a acercarse y contemplar un cuadro. No es llamativo, ni por tamaño, ni por color, ni siquiera por la fama de su autor (Caspar Friedrich). Quedé literalmente extasiada ante aquel bello y discreto cuadro, la primera vez que visité el museo, recién inaugurado. Un sendero, tres figuras femeninas de espalda alejándose, una arboleda de invierno, un sol redondo sin rayos elevándose en un cielo con los colores de los momentos siguientes a la despedida de la noche que dan la bienvenida a la mañana… la de Pascua, titula el pintor.
