EL PADRE ELLACURÍA SOBRE MONSEÑOR ROMERO

JON SOBRINO

SAN SALVADOR (EL SALVADOR)

ECLESALIA, 24/03/05.- Los mártires son quienes mejor comprenden a los mártires. Por eso quisiera recordar ahora a Monseñor Romero de la mano del Padre Ellacuría. Y quisiera hacerlo a modo de meditación, para que eso nos ayude a ponernos ante el misterio de Dios, y ante el misterio de estos dos grandes hombres que nos sobrepasan, pero que, lejos de sobrecogernos, nos acercan a ellos y nos acogen. Recordaré cuatro frases de Ellacuría sobre Monseñor.

“Monseñor Romero fue un seguidor ejemplar de Jesús de Nazaret”

Ellacuría no era dado a la adulación, más bien era todo lo contrario. Para él Monseñor Romero fue profeta, pastor y mártir. Fue insigne cristiano e insigne salvadoreño. Pero, volviendo a sus más profundas raíces cristianas, puso a Monseñor Romero en relación con Jesús de Nazaret. De éste dijo Ellacuría: “Es que Jesús tuvo la justicia para ir hasta el fondo y al mismo tiempo tuvo los ojos y entrañas de misericordia para comprender a los seres humanos… Fue un gran hombre”. Y eso es, cabalmente, lo que también vio en Monseñor Romero. Este fue un gran creyente en Cristo, ciertamente, pero fue sobre todo insigne “seguidor”, alguien que volvía a hacer real en la historia, dos mil años después, a Jesús de Nazaret.

Esto le llenó de gozo a Ellacuría. Monseñor no sólo fue amigo, no sólo le pidió colaboración en momentos importantes, escribir cartas pastorales, ayudarle en conferencias de prensa después de sus últimas homilías, sino que fue un don mayor: la presencia de ese Jesús que Ellacuría había estudiado diligentemente en los evangelios, y había conocido y meditado desde su juventud en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

Qué de Monseñor Romero le recordó a Jesús pienso yo que puede resumirse en lo siguiente. Le impactó su inmensa compasión ante el sufrimiento del pueblo, ante el dolor de todos y cada uno  de los pobres. Le impactó su inmensa libertad para decir la verdad con la que defendía a unos y exigía conversión radical a otros. Le impactó su firmeza en medio de persecuciones, desprecios y malos entendidos, incluso de parte de sus hermanos obispos. Y le impactó su fe -como la de Jesús- ante el misterio de un Dios-Padre: Padre, porque en él descansaba Monseñor; y Dios, porque nunca le dejaba descansar. Lo he dicho en varias ocasiones: el Padre Ellacuría fue llevado en su fe por la fe de Monseñor Romero.

Y habló de Monseñor también como un seguidor “ejemplar”. Es decir, alguien a quien hay que seguir. Por ser como era, misericordioso, justo, veraz, utópico, Monseñor invitaba a su seguimiento. No lo ponía en estas palabras, por modestia obvia, pero eso es, pienso yo, lo que Ellacuría tenía en mente cuando dijo que era un seguidor “ejemplar” de Jesús. Hoy, 25 años después de su muerte, hay gran necesidad de ese Monseñor, ejemplo de salvadoreño y de cristiano. Seguirle es  lo más importante que podemos hacer.

Suelo recordar que, cuando apresaron a Juan Bautista, comenzó Jesús a predicar. Y en El Salvador me gusta añadir que, cuando mataron a Rutilio Grande, surgió la voz de Monseñor Romero, y que cuando mataron a Monseñor Romero el Padre Ellacuría recogió esa voz. “Desde que mataron a Monseñor nadie ha hablado como el Padre Ellacuría”, le oí decir a una trabajadora de la UCA. Es vital, mantener con vida  esa cadena de ejemplos. A ese seguimiento debemos apuntarnos también nosotros.

“Difícil hablar de Monseñor Romero, sin verse forzado a hablar del pueblo”

Desde el exilio, a comienzos de la década de los ochenta, escribió Ellacuría un texto sobre “El verdadero pueblo de Dios según Monseñor Romero”. Para Ellacuría era muy claro que Dios y el pueblo eran los dos pilares sobre los que Monseñor fundamentaba su esperanza y lo dijo con toda claridad. Vio en Monseñor a alguien que ciertamente amó a su pueblo, pero también a alguien que reflexionó mucho sobre el pueblo, sobre su realidad histórica y su significado para la fe cristiana. Y recuérdese que ambos, Monseñor y Ellacuría, uno  desde la pastoral y otro desde la teología, llamaron al pueblo “siervo sufriente de Yavé”, “pueblo crucificado”. Era a finales de los años 70, y -en cuanto yo sé- nadie había hablado así antes.

Ambos creían también que ese “pueblo” podía llegar a ser “pueblo de Dios”, y que para ello el pueblo debía tener unas características especiales. Recordando lo que Monseñor Romero había dicho y hecho por su pueblo, lo que él le había dado al pueblo y lo que el pueblo le había dado a Monseñor, Ellacuría describió así cuatro características del verdadero pueblo de Dios: “la opción preferencial por los pobres”, “la encarnación histórica en las luchas del pueblo por la justicia y la liberación”, “la introducción de la levadura cristiana en la lucha por la justicia” y “la persecución por causa del Reino de Dios en esa lucha”.

Hoy, cuando casi no sabemos qué hacer con el pueblo y con la lucha por la justicia, hay mucho que meditar en estas palabras. Que Ellacuría -el político, el teólogo de la liberación- hablase así no tiene por qué sorprender. Pero que radicalizase ese lenguaje precisamente recordando a un arzobispo, da mucho que pensar -y da devoción. Y precisamente porque Monseñor animaba a la lucha histórica por la justicia, cobraba credibilidad lo que pudiera ser lo más específicamente suyo: insertar en esas luchas la levadura cristiana. Lucha histórica y cristianismo no son fáciles de compaginar. Ese milagro lo vio realizado Ellacuría en el ministerio de Monseñor Romero. Y el martirio de tantos luchadores del pueblo y de cristianos creyentes mostró que se podían compaginar las dos cosas.

“Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”

En la UCA todavía no había capilla. En un aula magna, tres días después del asesinato, el Padre Ellacuría, como rector de la universidad, celebró una eucaristía en recuerdo y agradecimiento a Monseñor Romero. La muerte de Monseñor le remitía, como toda muerte -y más siendo la de Monseñor, por lo horrible del crimen y por lo grandioso de la entrega-, a la ultimidad de  la vida, de la historia y de la realidad. Creo que pocas veces Ellacuría se preguntó por lo último con tal radicalidad.

Pues bien, en ese contexto, lejos de toda palabrería y de todo piadosismo, habló de Dios, de su misterio inefable y de su cercanía a nosotros. Y entonces dijo lo que muchas veces he citado: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Hace falta inteligencia para decir cosas como ésta, pero no basta. Hace falta también mirada mística, saber penetrar a través de lo aparente y superficial hasta llegar al fondo de las cosas. Dudo yo que ni siquiera en el acta de canonización -el día que ésta llegue- se dirán las cosas con tal precisión, con tal hondura, con palabras tan indefensas y tan verdaderas.

“Monseñor Romero ya se nos había adelantado”

Para Ellacuría líder era quien iba por delante, moviendo con el ejemplo. Eso fue Monseñor Romero para él, y vio que también lo fue para el pueblo. Termino con estas palabras que pronunció en 1985 cuando la UCA se honró en concederle un doctorado honoris causa, póstumo, a Monseñor Romero. Son palabras de agradecimiento y de reconocimiento.

“Ciertamente Monseñor Romero pidió nuestra colaboración en múltiples ocasiones, y esto representa para nosotros un gran honor, por quien nos la pidió y por la causa por la que nos la pidió… Pero en todas estas colaboraciones no hay duda de quién era el maestro y de quién era el auxiliar, de quién era el pastor que marca las directrices y de quién era el coadjutor, de quién era el profeta que desentrañaba el misterio y de quién era el seguidor, de quién era el animador y de quién era el animado, de quién era la voz y de quién era el eco”.

A Ignacio Ellacuría nunca le oí hablar de nadie como habló de Monseñor Romero. Y dado como era él, que no se deshacía en panegíricos ni algarabías vacías, sus palabras nos ofrecen una gran verdad. Y nos confían  el secreto de lo que Monseñor Romero fue realmente para él: hermano mayor con quien caminar en la historia dando vida al pueblo, y con quien dirigirnos hacia el inefable misterio de Dios.