Madrid, 24 de marzo (Jueves Santo), de 2005
MADRID.
Archidiócesis de Madrid
Secretaría del Sínodo
Bailén, 8
Madrid
Queridos hermanos:
ECLESALIA, 31/03/05.- Mi nombre es Tomás Maza Ruiz, soy miembro del Sínodo y pertenezco al grupo 14. Durante un par de semanas no he podido asistir a las reuniones, debido a haber sufrido una operación quirúrgica. Durante este tiempo de descanso he podido reflexionar sobre los pros y los contras de mi asistencia a esas reuniones.
Mi intención, al aceptar ser miembro del Sínodo, era tratar de manifestar mis opiniones y, sobre todo, las del grupo que conmigo se había estado reuniendo durante dos cursos, quincena tras quincena reflejando nuestras vivencias cristianas y nuestras opiniones, casi nunca coincidentes con las de la llamada Jerarquía. En nuestros ambientes cristianos, compuestos en su mayoría por comunidades de base populares (excluidas por decisión “jerárquica” del Sínodo) se nos decía que era un intento inútil, que no nos harían caso y nosotros sabíamos que, seguramente, tenían razón. Pero, por otra parte, pensábamos que después de siglos en que no se había pedido opinión alguna al laicado cristiano, no podíamos dejar pasar la ocasión de manifestar nuestras ideas, “oportuna e inoportunamente”, y que si el diálogo entre Jerarquía y resto del Pueblo de Dios no fuera posible, nunca se nos pudiera decir que nos habían dado la oportunidad de hablar y no la habíamos aceptado.
Por estas razones y aún conociendo el Comunicado a la Dirección del Sínodo de una comunidad parroquial del Barrio de San Blas renunciando a su participación en las sesiones del Sínodo, documento que les acompaño por si lo hubieran traspapelado, decidí continuar para no defraudar a los compañeros que habían trabajado conmigo y me habían elegido para representarles.
No obstante, comparto todos los extremos del comunicado del grupo de San Blas y ahora, después de varias semanas de asistencia a las reuniones puedo agregar yo también mis experiencias y mis opiniones.
Mi primera decepción, no me la esperaba, fue la primera misa de pontifical, con toda clase de cánticos, desconocidos para mí, solemnes invocaciones a Nuestra Señora de la Almudena (¿qué quiere decir esta advocación, no es la misma María de Nazaret? ¿a qué viene el circunloquio de llamarla de “la Almudena”?), multitud de sacerdotes revestidos alrededor del altar y homilía insustancial del obispo de turno. Por cierto, el evangelio que se leyó ese día era el de la Visitación de María a su prima Isabel (Lc. 1, 39-56). Era un evangelio estupendo para proclamar el Magnificat de María, pero por sorpresa para mí se cortó por el verso 48: “porque se ha fijado en la humildad de su esclava” y se excluyó el resto del Magnificat donde María dice cosas tan sabrosas como “derriba de sus tronos a los poderosos y exalta a los humildes”, “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de vacío”. Esta forma de amputar el evangelio me parece la más adecuada para desactivarlo y vaciarlo de contenido, ¿es que podían molestar a alguien estos versículos del Magnificat? Por supuesto no comulgué en esa celebración e hice propósito de no asistir a las siguientes misas.
La primera sesión, ya lo recordarán, fue caótica. Lo comprendo porque no tenían experiencia alguna de cómo manejar a seiscientas personas que, teóricamente, tenían derecho a hablar. D. Roberto Serres abusó con creces del tiempo que se le había concedido para la presentación del primer tema y, por lo menos yo, al terminar, no tenía idea de lo que había dicho. Esto repercutió en la falta de tiempo para los grupos que tenían que empezar sus discusiones a continuación y que, entre buscar el aula correspondiente, esperar a los rezagados, elegir al Secretario y al suplente, apenas tuvimos tiempo para iniciar la discusión del tema. Esto se reflejó en una protesta casi unánime de los que fuimos admitidos a expresar nuestras opiniones ante el micrófono por un tiempo exacto de tres minutos (esta vez sin tolerancia alguna) y de los secretarios que se veían impotentes para concretar ideas y propuestas ante la falta de tiempo y el hecho de que los grupos habían contestado de forma muy desigual a las preguntas. Hasta tal punto fue la protesta que la secretaría se vio obligada a volver a redactar las propuestas y trabajarlas el sábado siguiente. El sábado siguiente ya fue la cosa un poco mejor, aunque siempre la mesa se adjudicaba un tiempo generoso, e incluso al Arzobispo le sobró tiempo para contar su estancia en Roma. Sin embargo los grupos siempre estuvimos apurados de tiempo y tuvimos que trabajar “contra reloj”.
Pero lo peor no era la falta de tiempo, sino las limitaciones que se nos impusieron en las discusiones, y la principal de ellas fue la de que no se podía entrar en discusión sobre la teología sobre la que se habían construido los temarios. Una teología que yo calificaría de tridentina y alejada totalmente de la reflexión teológica actual, basada en la crítica bíblica y en la historia de los dogmas y de la teología en general. No es en una sencilla carta donde puede expresarse la contradicción entre la teología actual que, aunque no especialista en la materia, conozco y el lenguaje arcaico que se utiliza en los documentos. Por si tienen paciencia para leerlas les envío mis reflexiones personales sobre los temas 1 y 2 (el 3 no he podido tocarlo por las circunstancias personales indicadas al principio de esta carta), que pueden estar equivocadas en algunos o en muchos puntos, pero que expresan el fondo de mis creencias cristianas en el lenguaje de nuestros días.
En cuanto a las conclusiones que se nos proponen son conceptos generales sin bajar nunca a la forma práctica de llevarlas a cabo. Por ejemplo cuando se nos pide nuestro asentimiento a propuestas como “¿Es necesario impulsar en nuestros grupos y parroquias la conciencia de responsabilidad evangelizadora propia de la fe de todo católico?” no es posible contestar otra cosa más que sí. De esta manera en las votaciones se obtienen siempre la unanimidad o casi, pero ¿qué pasa cuando luego a los seglares no nos permiten los párrocos iniciativa alguna que no sea preparada y dirigida por ellos?
Y después de todo de qué sirven nuestro trabajo de dos años y nuestra dedicación semana tras semana durante varios meses a las deliberaciones sinodales cuando, previamente, el Arzobispo ya nos había advertido en su carta pastoral “Levantad los ojos. Alumbra la esperanza” que las conclusiones no son firmes “porque falta aún la intervención personal última del obispo, que debe examinarlas, discernirlas y, posteriormente, ofrecerlas a la comunidad diocesana». ¿Tanto trabajo para eso? Parece que para lo único que servimos los cristianos de a pie es para ser los acólitos de obispos y curas. ¿Dónde queda el Pueblo de Dios del que papa y obispos deben ser siervos de los siervos de Dios? ¿Nadie ha caído en la cuenta de que la palabra ministro viene de “menor”, el que está al servicio de los demás?
Por todo ello he decidido renunciar a continuar asistiendo a las reuniones. Pueden disponer de mi plaza y adjudicarla a la persona suplente nombrada. No he querido marcharme silenciosamente, de la forma en que diariamente se alejan de la Iglesia miles de cristianos aburridos de sus pastores, sino explicar por qué fui al Sínodo y porque ahora he decidido abandonarlo. Creo que ambas cosas las he hecho en coherencia con mi conciencia y tratando de no ser infiel a los que me habían elegido.
Ya sé cómo va a terminar todo. En medio de grandes celebraciones pontificales se harán públicas unas conclusiones bien intencionadas pero sin ninguna garantía de cumplimiento, debido, principalmente a su vaguedad. Saldrá en todos los medios de comunicación, y en los de la Iglesia los primeros, la impresión de que ha sido un gran éxito que ha colmado las esperanzas de todos, pero estas conclusiones caerán en el olvido en pocos meses por su inoperancia. Hemos tenido una magnífica ocasión de iniciar un diálogo fecundo entre Jerarquía y Pueblo pero este diálogo se ha frustrado por la cerrazón de la Jerarquía. ¿Cuándo volveremos a tener una nueva oportunidad?
Crean que todo lo que he hecho, antes y ahora, es porque amo a la Iglesia y porque quiero que nuevamente sea “buena samaritana” para el pueblo de nuestros días, que “anda como oveja sin pastor” y quiero como quería el Concilio que vuelva a ser Luz de las Gentes y no madre gruñona.
Un saludo cordial,
Tomás Maza Ruiz, Grupo 14
P.d.:
1.-De esta carta y sus anexos voy a enviar copias a los miembros de mi grupo, cuya dirección conozco. Me gustaría hacerlo al resto de los participantes, pero no me es posible.
2.-El próximo día 2 de abril se celebra en todo el mundo el XXV aniversario del martirio de Monseñor Óscar Romero. Sería un bonito gesto que el Sínodo recordara de algún modo el testimonio de uno de los mayores santos de nuestros días (aunque no esté canonizado) y empezara así a romper el silencio de la Iglesia oficial hacia este magnífico testigo cristiano en el mundo actual.
