BENEDICTO XVI, NUEVO PAPA DE LA IGLESIA CATÓLICA
La sombra de Ratzinger: ¿mirando al pasado?
CARLOS ESCUDERO FREIRE, licenciado en Ciencias Bíblicas
ECLESALIA, 04/05/05.- El cardenal Ratzinger acaba de ser elegido Papa por los cardenales de la Iglesia. No me lo esperaba. Me sentí profundamente desilusionado, porque creía en la posibilidad de un Papa pastoral y reformista. No obstante me uno a la alegría de otros muchos católicos, esperando que Dios escriba derecho con renglones torcidos, y sabiendo que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,27).
Todos conocemos la trayectoria del cardenal Ratzinger, porque ha llevado veinticuatro años en la cúpula del poder de la Iglesia, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Los que lo han rechazado por integrista, no han hecho ninguna caricatura de él, como acaba de comentar el cardenal de Sevilla. Se conoce muy bien su trayectoria teológica: ha ido dando la espalda al Concilio Vaticano II, y durante el papado de Juan Pablo II se convirtió en el cancerbero de la ortodoxia a ultranza, condenando la teología de la liberación, que hunde sus raíces, no en el Derecho Canónico, sino en el Evangelio, y ha combatido la línea aperturista de muchos teólogos de nuestro tiempo. Es decir, ha hecho el papel de gran Inquisidor ¡Ojalá acierte Mons. Amigo al decir supongo que en sentido positivo- que Benedicto XVI nos va a dar muchas sorpresas! Pero esto está por ver, ya que pertenece al futuro. Por otra parte, Juan Pablo II fue ortodoxo porque lo llevaba en los genes, dada su manera de ser y su experiencia político-religiosa en Polonia que lo dejó profundamente marcado. Ratzinger, por el contrario, es un intelectual ortodoxo. Los intelectuales suelen leer sobre asuntos controvertidos, y desean discutir sobre los problemas más importantes e intrincados de la actualidad. Por eso cabe la posibilidad de que, al no tener coacciones por ser Papa, Benedicto XVI vaya percibiendo con mayor claridad los grandes retos que la Iglesia actual tiene planteados. Sin embargo, este cambio aperturista a una teología renovada y al mundo actual no es fácil, dada su edad, y porque leyendo con atención la homilía que Ratzinger pronunció en la misa que inauguraba el Cónclave, me dejó perplejo el siguiente párrafo: “La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos se ha encontrado con frecuencia vapuleada por la olas (…) del marxismo al liberalismo, hasta llegar al libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, y así sucesivamente”. Sin embargo el cardenal Ratzinger no nombró el modernismo, que fue condenado radical y globalmente por la Iglesia jerárquica en el siglo XIX, pero la misma Iglesia en el siglo XX tuvo que ir admitiendo y aceptando como bueno casi todo lo que había condenado en el siglo anterior. Me ha llamado también la atención que no haya mencionado el capitalismo neoliberal, causante de los más graves problemas que sufre la humanidad, como son el hambre, la mortalidad infantil, la extrema pobreza, el vivir en niveles infrahumanos, frente a la riqueza y ostentación de muy poca gente. Tampoco nombró el conservadurismo y el inmovilismo de la Iglesia actual, consecuencia de haber mirado más al Código de Derecho Canónico y a un mundo que ya no existe, en lugar de mirar al Evangelio, destinado a personas de toda raza y nación. Tampoco tiene la vista puesta en los problemas que agobian y en gran medida atenazan a la sociedad actual. Por lo demás, condenar globalmente todos estos “-ismos” sin matización alguna no es propio de una persona intelectual.
Jesús de Nazaret, no a través de las leyes, sino a través del Espíritu de Dios, nos ha invitado a ser cada vez más adultos y responsables, y a poner como referente esencial el Evangelio que debe dar respuestas a los grandes problemas del mundo actual. Por eso Jesús, su actividad y mensaje deben seguir constituyendo la buena noticia y una gran alegría que contagie el optimismo cristianismo a creyentes y no creyentes en nuestros días. Hoy hay muchos creyentes en los que se va apagando la fe, y una gentilidad enorme que espera la buena noticia de Jesús. Voy pues a recordar los puntos esenciales del Evangelio que nos atañen a todos los discípulos de Jesús, también a la Iglesia jerárquica.
1.- Jesús ungido por el Espíritu para dar la buena noticia a los pobres.
Jesús proclama en Nazaret el programa que va a llevar a cabo en su vida pública. Dice así:
El Espíritu del Señor descansa sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres,
a proclamar la libertad a los cautivos,
y la vista a los ciegos,
a poner en libertad a los oprimidos,
a proclamar el año favorable del Señor (Lc 4,18-19).
Este pasaje está tomado de Is 61,1-2. Lucas lo retoca para aplicarlo a Jesús, y queda claro que la tarea primordial de Jesús –que él se encargará de confirmar con su actividad y mensaje-, no se refiere ni al templo ni a actos de culto, sino a liberar a los marginados y oprimidos de su estado de postración, devolviéndoles la dignidad humana y aliviando sus sufrimientos. Hechos de los Apóstoles resume la actividad de Jesús diciendo que “pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Éste es un punto esencial del reinado de Dios. Así cuando quieren retener a Jesús en Cafarnaún donde había obrado numerosas curaciones, él les dice: “También a otras ciudades tengo que llevar la buena noticia del reinado de Dios, pues para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Ten en cuenta que las escenas de Nazaret y Cafarnaún forman un todo, en ambas se encuentre la expresión la buena noticia, y esta expresión se refiere tanto al mensaje de Jesús en Nazaret, como a su actividad curativa y restauradora en Cafarnaún.
En esto consiste la verdadera religiosidad para Jesús, que no fue sacerdote ni obispo ni cardenal. Fue un simple laico. La verdadera religiosidad para él no pasaba por el templo, sino por las obras de misericordia hacia los necesitados. Ahí está la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37), en la que deja malparado al sacerdote y al levita, y enaltece al samaritano que tiene compasión del hombre malherido que se estaba desangrando al borde del camino. Esto tiene un releve especial si consideramos que los samaritanos para los judíos eran herejes y gente despreciable. De hecho el insulto más grave que hacen a Jesús los dirigentes judíos es este: “¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco? (Jn 8,48). Estaban discutiendo con Jesús sobre el mito del linaje de Abrahán. Sabemos por los evangelios que Jesús fustigó duramente a los sacerdotes de su tiempo porque se habían corrompido y habían convertido el templo de Jerusalén en una cueva de bandidos. El Templo era una autentica maquinaria de hacer dinero. El juicio de las Naciones (Mt 25,31-46) mantiene esta misma religiosidad de ayuda al necesitado, al que sufre, al oprimido: “Venid, benditos de mi Padre (…), porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme” (Mt 25,34-36). La respuesta de Jesús a la samaritana tiene la misma orientación en relación con el templo: “Créeme, mujer, se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte –el templo Garizim de Samaría-, ni en Jerusalén (…). Dios es Espíritu, y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y lealtad” (Jn 4,21-24).
Este es el apoyo evangélico a la teología de la liberación, que se ha desarrollado en Centro y Sur América, porque allí están por millares esos pobres, oprimidos, humillados y masacrados por las clases dirigentes. Allí hay obispos, sacerdotes, monjas y seglares que viven intensamente esta religiosidad evangélica, dando incluso la vida por los hermanos. En el Salvador, por orden de las Altas Autoridades, acabaron con la vida del obispo Romero y más tarde también asesinaron a Ellacuría, a otros jesuitas y a tres mujeres. Estos creyentes son proclamados dichosos por Jesús, “Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan, y os calumnien de cualquier modo por causa mía” (Mt 5,11). Esta bienaventuranza se aplica con mayor motivo a los que han sido mártires a causa de Jesús. Son los mártires de nuestros días ¿Dónde estaba, pues, Juan Pablo II en el entierro de estos mártires, él tan viajero por esos mundos de Dios? Él y Ratzinger habían condenado repetidamente la teología de la liberación, por eso su ortodoxia les impidió reconocer a los mártires de nuestro tiempo. Además, el boato del templo, de las grandes ceremonias y los ritos religiosos los tenía entretenidos. ¿Será Benedicto XVI capaz de aceptar que la teología de la liberación hunde sus raíces en el corazón mismo del Evangelio? Esto sería un milagro, pero “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37).
2.- Jesús, signo de contradicción: piedra angular sobre la que construir, o piedra de tropiezo para los que lo rechazan conscientemente.
Jesús sigue siendo hoy como siempre signo de contradicción. Esto quiere decir que ante él no se puede ser neutral, hay que tomar partido. Los discípulos de Juan Bautista le preguntan: “¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?” (Lc 7,20). La razón de la pregunta es que ellos perciben una gran diferencia entre la misión de Juan y la de Jesús. El Bautista increpa duramente a los pecadores y exige su conversión. Jesús, por el contrario, simpatiza con los pecadores, y su amistad y el cariño exquisito con que los trata es suficiente para que ellos dejen la vida de pecado, acepten a Jesús y se hagan sus discípulos. Ante los discípulos de Juan, Jesús hace lo mismo que anunció en Nazaret y realizó en Cafarnaún: “En aquel momento curó Jesús a muchos de enfermedades, tormentos y malos espíritus, y dio la vista a los ciegos” (Lc 7,21). Es decir, alivia el sufrimiento de la gente curándolos de las más variadas dolencias. Luego, interpreta con palabras y metáforas proféticas la liberación de aquellas personas que él está llevando a cabo, y que tenían diversas necesidades y carencias: “Id a informar a Juan de lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc 7,21-22). Llama de nuevo la atención que el mismo Jesús, a todos estos actos de liberación que él está realizando, los califica como anunciar la buena noticia a los pobres, lo mismo que hemos visto en Lc 4,18s.
Pero la cita no se queda aquí. Jesús añade: “¡Dichoso el que no se escandalice de mí!” (Lc 7,23). Esta exclamación de Jesús reviste la forma de una bienaventuranza, ¡Dichosos! Es decir, el que acepte que esta actividad liberadora, que él realiza, responde al designio de Dios es proclamado dichoso. Por el contrario, escandalizarse de Jesús es rechazarlo, como si él fuera un obstáculo en nuestro camino para llegar al Padre, cuando en realidad Jesús es el camino para llegar a Dios. En él se cumple la Escritura: “la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Todo el que cae sobre esa piedra se estrellará, y si ella cae sobre alguno, lo hará trizas” (Lc 20,17-18). La conclusión es clara, rechazar conscientemente a Jesús o su actividad liberadora, que en Lc 7,21-22 se identifica con su mensaje, es ir contra el proyecto de Dios que lo ha convertido en piedra angular para edificar con él la comunidad de discípulos. Así lo entendió el mismo Pedro que dirigiéndose a los jefes del pueblo y senadores proclama que la salvación-liberación del lisiado se ha realizado por obra de Jesús Mesías. Después de echarles en cara que ellos han sido los culpables de la crucifixión de Jesús, añade: “Ese Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los constructores y que se ha convertido en piedra angular”, y añade: “la salvación no está en ningún otro” (Hch 4,11-12). Pablo se expresa de idéntica manera: “Ahora que atención cada cual a cómo construye, porque un cimiento diferente del ya puesto, que es Jesús Mesías, nadie puede ponerlo” (I Cor 3,11).
Si Jesús es la única piedra angular y camino de salvación para sus discípulos, ¿cómo se puede seguir afirmando hoy que Pedro es la roca, y que el Papa también lo es, por ser sucesor de Pedro? ¿Cómo se puede estar fomentando desde el Vaticano sin decoro ni recato alguno esa papolatría, que es una auténtica idolatría, como se estuvo haciendo durante el papado de Juan Pablo II? ¿Dónde queda Jesús en ese enorme “show”, promovido por Roma y por todos los medios de comunicación? ¿Dónde está Jesús en las cuatro Basílicas Mayores de Roma? Lo que prevalece en ellas, además del arte y magnificencia que encierran, son las grandes estatuas de Pedro, Pablo y los Apóstoles, y las palabras con letras enormes: “TU ES PETRUS”…, por las que se pone a Pedro como piedra angular de la Iglesia de Jesús?
Ha habido una teología tradicional, intencionada desde sus comienzos, para darle a Pedro una autoridad y un poder absoluto, que nunca tuvo ni en los evangelios ni en Hechos de los Apóstoles. Veámoslo brevemente por partes. Pedro, como los demás apóstoles, no acaba de entender que Jesús no sea el Mesías con poder para barrer a los romanos. Con el triunfo guerrero y político de Jesús, él tendría un puesto preeminente al lado de su Maestro. Jesús predice en tres ocasiones su pasión, muerte y resurrección, pero los apóstoles “no entendían y les daba miedo preguntarle” (Mc 9,32), porque temían que la respuesta de Jesús echara por tierra sus expectativas de poder. En uno de esos anuncios, Pedro protestó y fue reprendido por Jesús de manera contundente e impresionante: “¡Ponte detrás de mi, Satanás!”, es decir, ponte en tu lugar de discípulo, que yo soy el Maestro. Jesús llama a Pedro Satanás, porque lo quiere apartar de su misión, lo mismo que el demonio en el desierto. La desilusión de Pedro es enorme cuando comprende que la muerte de Jesús es irremediable, y por miedo reniega de él hasta tres veces. Luego no cree a las mujeres que le anuncian la resurrección del Maestro, y tarda bastante tiempo en abandonar las leyes y normas del judaísmo, porque no acababa de entender que con Jesús comenzaba algo radicalmente nuevo. Sólo la visión del lienzo que contenía animales puros e impuros, y la lección que le da el Señor, “lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano” (Hch 10,15), referido a los paganos, unido a la venida masiva del Espíritu Santo sobre Cornelio y su casa, le hace comprender a Pedro que Jesús ha venido a salvar a toda la humanidad sin pasar por la religión judía con sus leyes y normas. Fue entonces cuando intervino en la asamblea de Jerusalén: “Dios, que lee los corazones, se declaró a favor de ellos –los paganos- dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. (…) ¿Por qué, entonces, provocáis a Dios ahora, imponiendo a esos discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos tenido fuerzas para soportar? (Hch 15,8-10). Ésta es a grandes rasgos la breve biografía de Pedro. Es innegable que en el libro de Hechos se le reconoce una autoridad especial para ayudar y orientar a los hermanos, nunca un poder sobre ellos, ni un domino sobre sus conciencias. Pedro tampoco aparece nunca como piedra angular de la Iglesia. La única piedra angular, como hemos visto, es Jesús. ¿De dónde viene, pues, que Pedro sea la roca sobre la que construir la Iglesia?
Brevemente, como corresponde a un artículo, voy a tratar de desmitificar este tema, siguiendo el evangelio de Mateo. La teología tradicional recurre a Mt 16,18-19, aislándolo del contexto, para poner a Pedro en el puesto de privilegio que ha venido teniendo hasta nuestros días. Jesús, después de que Pedro lo ha reconocido como “Mesías, Hijo de Dios vivo” (v.16), le dice: “Tú eres Pedro, –“petros” en griego, que significa piedra de lanzar, no roca- y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad”- ahora se usa en griego el término “petra”, que quiere decir roca.. ¿Qué significa, pues, este juego de palabras? El contexto de este pasaje viene desde v. 13. Jesús les pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos le responden: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías” (…). Jesús prosigue: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro espontáneamente toma la palabra y dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (vv.13-16). Pedro hace una profesión de fe en su Maestro, y con la fe, que en un don gratuito del Padre a la gente sencilla (cf. Lc 10,21), se construye la comunidad. La fe, que es adhesión a Jesús, confiere a todo creyente la solidez de la roca, ya que por la fe nos apoyamos en Jesús, que es la única piedra angular. Esto queda confirmado por las palabras de Jesús: “¡Dichoso tú Simón (…), porque eso –su profesión de fe- no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! (v.17). Por lo demás el poder de atar y desatar que aquí se confiere a Pedro en singular, poco más adelante se confiere a la comunidad en plural, Mt 18,15-18. Cada uno saque las propias conclusiones. Quizás la consecuencia de lo dicho se podría resumir así: ya va siendo hora de desmitificar a Pedro y al Papa, y es el momento de poner a Jesús en el lugar que le corresponde, como piedra angular y único camino de salvación.
3.- Jesús, señal insignificante y desconcertante.
Con motivo del nacimiento de Jesús, y para reconocerlo, Dios les dio a los pastores esta señal: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Es una señal desconcertante y enigmática si la comparamos con los títulos con que viene adornado el recién nacido: “Salvador, Mesías, Señor” (2,11). Hay una relación innegable entre la condición trascendente del niño y este signo de pobreza y debilidad, a primera vista desproporcionado para llevar a buen puerto la misión que le aguarda. Es, pues, una señal de pobreza, debilidad e impotencia, pero encierra en sus entrañas la riqueza de Dios que se va a manifestar eficaz, como sabiduría, benevolencia y fuerza de Dios hacia el género humano. Por lo demás, en el plan de Dios no hay otra señal que encierre y manifieste como ésta la fuerza del Evangelio. Así lo afirma también Pablo:
“(…) Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los paganos una locura. En cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más potente que los hombres” (I Cor 1,20-25).
El signo es de nuevo no sólo de pobreza e impotencia, sino también de despojo radical. Además de ser ésta la señal con la que irrumpe Jesús en nuestra historia y con la que termina ajusticiado, sigue siendo también un signo fundamental para sus discípulos. Es decir, Jesús se ha presentado exhibiendo esa señal desconcertante desde el nacimiento hasta la cruz, y los que quieran ser discípulos suyos deben presentar esas mismas credenciales. Esta es una de las enseñanzas centrales del Evangelio, porque además está unida a la primera bienaventuranza: “Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por Rey” (Mt 5,3). Desde la opción por la pobreza se sintoniza con los pobres y marginados de este mundo, y se les puede echar una mano para ayudarlos a salir de ese estado de postración, y para que puedan recuperar su dignidad humana. Para que Dios ponga su sabiduría, benevolencia y poder, es decir, su eficacia en la tarea evangelizadora, la señal tiene que ser de debilidad y pobreza. Sólo así será posible una verdadera evangelización, y como en el caso de Jesús, existirá una gran sintonía entre sus discípulos y la gente excluida, oprimida y menospreciada.
Ahora bien, ¿cuáles son los signos de la Iglesia oficial hoy? Los hemos descubierto y percibido sin dificultad durante el pontificado de Juan Pablo II. De manera especial, se han puesto de manifiesto durante la celebración de su funeral: poder, opulencia, alarde de ostentación sin sonrojo alguno, poder de convocar a los grandes de la tierra, connivencia total, y sintonía absoluta con ellos, Son, en efecto, los personajes con quienes la Iglesia oficial habitualmente se relaciona y se codea. Con toda esta parafernalia, propiciada por el Vaticano a través de todos medios de comunicación, se puede congregar a millones de personas, pero el mensaje de Jesús se hace opaco e ineficaz.
Además, hay que partir de una constatación. Un puñado de naciones poseen un poder económico voraz e incontrolable, el así llamado capitalismo neoliberal de libre mercado, y un dominio militar absoluto que causa pavor. Estas pocas naciones están provocando en el mundo una violencia y una situación de tragedia, miseria y dolor como jamás se había producido. Los culpables de esta violencia y de todo el mal que lleva en su seno son los así llamados grandes y privilegiados de la tierra, movidos por una ambición de riqueza sin límites, y fascinados por el prestigio y la ostentación que causa la opulencia. Esta situación constituye el caldo de cultivo apropiado para ejercer dominio y poder sobre la mayoría de los seres humanos. Podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que el capitalismo neoliberal de libre mercado, es decir, las estructuras económico-políticas de las consideradas “grandes naciones del primer mundo” –en su gran mayoría de origen cristiano-, están causando todo tipo de violencia al resto del mundo: opresión, explotación, marginación, hambre, miseria, dolor y muerte. Ni que decir tiene que estas estructuras son de signo contrario a la dignidad de la persona humana, y al mensaje fundamental del Evangelio.
Esta constatación sobre el neocapitalismo y el libre mercado, tan agresivos y perniciosos para la mayoría de los pueblos, tiene que buscar una justificación teórica, es decir, su propia legitimación ante la opinión pública. Esta legitimación la han encontrado en las religiones, tal como se manifiestan en nuestro tiempo. Las grandes instituciones religiosas reciben del sistema establecido no sólo dinero, sino, sobre todo, el reconocimiento, el prestigio y el rango que corresponden a las clases dominantes.
Muchos creyentes estaríamos convencidos de que la elección de Benedicto XVI ha sido obra del Espíritu Santo, si éste se fuera despojando – y despojara al Vaticano- de los múltiples signos de opulencia, ostentación y poder que encierra. Si Benedicto XVI fuera capaz de clamar con voz profética, como lo habría hecho Jesús en nuestro tiempo, dejando los privilegios que comparte con las clases dominantes, y pusiera en pie de guerra a toda la cristiandad contra el capitalismo neoliberal y el libre mercado, que es la causa de que haya tanta pobreza, miseria y sufrimiento en el mundo, entonces creeríamos que su elección a Papa fue obra del Espíritu Santo, y no de las intrigas de una mayoría de cardenales conservadores, elegidos por Juan Pablo II, y bien organizados para que nada cambie.
Este futuro inmediato está por ver. ¡Confiemos en el Espíritu de Dios!