CASUALIDADES Y CAUSALIDADES
ALEJANDRO CASTILLO MORGA, ofm, Oficina de JPIC
ROMA (ITALIA).
ECLESALIA, 04/05/05.- La tarde era un poco fría. Son días en los que el invierno ha querido irse pero, por alguna razón, cualquier viento hace que las nubes vuelvan y se desate una lluvia repentina; es como si el invierno quisiera habitar por siempre entre nosotros. Justo cuando más nubes negras eran empujadas por el viento frío, que golpeaba sobre la Plaza de San Pedro, salió al balcón de la Basílica Mons. Medina Estévez –quien ha cultivado excelentes relaciones con Pinochet y camarilla- y con voz solemne proclamó: “Habemus Papam”. Era verdad que todos esperábamos esa noticia, por lo mismo un gran aplauso y gritos de alegría estallaron entre la multitud ahí reunida; luego de esto se hizo un silencio impresionante. El Cardenal Medina prosiguió: “Josephus Cardenal Ratzinger”. Sería mi estado de ánimo o mi prejuicio ante el nombre, pero además de los aplausos y gritos de alegría yo oí más pronunciado el tremendo ¡uh! que exclamó una parte de la gente que tenía cerca.
“¿Es el Cardenal alemán?”, preguntaba una familia española que llegó entera para conocer la noticia. Otros decían: “¿hablará igual de bonito que Juan Pablo?”. Pasaron unos minutos y salió la procesión del Pontífice recién anunciado, quien, en buen italiano, se dirigió a la multitud para dar un saludo y su primera bendición al pueblo allí reunido. El viento comenzó a soplar más fuerte y las nubes cubrían por entero la Basílica; sólo en algunos momentos los rayos del sol, que se ocultaba en el horizonte, dejaban ver unas luces tenues sobre la inmensa cúpula de San Pedro.
Hablemos de las causalidades. Ratzinger no llegó al ministerio petrino sólo por pura obra y gracia del Espíritu Santo; podríamos afirmar que su elección es, parafraseando a García Márquez, la crónica de una elección anunciada. Si ponemos cuidado en cómo se desarrollaron los hechos después de la muerte de Juan Pablo II, nos damos cuenta que, el entonces Cardenal decano del Cónclave, ocupó un lugar privilegiado dentro de las exequias. Esto fue una clara estrategia para mostrar al Cardenal en momentos clave no sólo a los medios de comunicación, sino también al resto de los Cardenales.
Pasadas las exequias de Juan Pablo II, Ratzinger más bien se mantuvo al margen, sin pronunciar alguna palabra significativa sobre las condiciones del nuevo Pontífice. Paciente, guardó silencio. De hecho, durante el consistorio -que en cierto modo fue un pre-cónclave-, Ratzinger no tuvo una participación significativa, no se mostró a los Cardenales. El diario “Il Tempo” afirma que al abrirse el consistorio, el 12 de abril, todos tenían el derecho a hacer uso de la palabra por siete minutos; así, se abrió la primera ronda y no se apuntó nadie más que el Cardenal Martini. Como buen crítico del conservadurismo y del centralismo de Juan Pablo II, sabiendo de la tentación en la que podían caer sus hermanos del cónclave, exigió que se retomara el aspecto de colegialidad episcopal en que tanto había insistido el Concilio Vaticano II. Terminó sus siete minutos y regresó a su lugar. Nadie se inscribió en la lista para participar. Entonces, nuevamente el Cardenal Martini se apuntó para hablar de los desafíos que tiene la Iglesia frente al mundo actual y de frente a la posmodernidad. Al terminar el tiempo establecido, nadie se había anotado en la lista, de modo que el ex Arzobispo de Milán volvió a hacer uso del micrófono y entonces expresó con franqueza que también el Papa debe jubilarse como lo hacen el resto de los obispos, y de manera especial debe hacerlo cuando una enfermedad le impide desempeñar su labor. Esto encendió la mecha entre los demás Cardenales, que inmediatamente fueron a enlistarse para responder a la intervención del Cardenal Martini. El cónclave se dividió entonces entre los que apoyaban la Colegialidad –aquí estaban Cardenales que simpatizan con la Comunidad de San Egidio- y los que más bien otorgan al Pontífice Romano todas las facultades para conducir la Iglesia, a pesar del riesgo del centralismo –aquí estaba la mayoría de los simpatizantes de Ratzinger.
Puede ser que la crónica del periódico “Il Tempo” no sea del todo precisa, pero sí deja ver que la mayoría de los Cardenales no está interesada en dialogar a profundidad con los problemas del mundo actual, en cambio a los señores Cardenales sí les preocupa seguir sosteniendo la buena imagen que el Romano Pontífice tiene en los medios de comunicación y su significado para el mundo moderno. Esta aparente división en el Cónclave, en realidad no fue tal, porque Ratzinger fue electo en la tercera ronda. Ello quiere decir que la Comunidad de San Egidio, como ya lo han señalado otros analistas, no representa una oposición real a quienes están a favor de la centralización del poder en manos del Pontífice, acaso manifiestan algunos matices. La oposición real, el sector progresista, está más bien anulado en el colegio Cardenalicio y de ello fue un artesano paciente Juan Pablo II, con la colaboración indiscutible de Ratzinger y de otras instancias, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación y, por supuesto, la Comunidad de San Egidio.
No hubo, pues, sorpresas; nada de casualidades, sólo causalidades. Pero ¿por qué fue tan fácil el consenso? No se trató solamente de acordar la elección de un Papa de transición; más bien en todos existía la certeza de que era necesaria la continuidad en la obra iniciada por Juan Pablo II, y quién mejor que su más cercano asesor para continuar dicha obra. Ahora podemos apreciar que hubo cierto sentido pragmático en la elección, y que no tenemos un Papa de transición. Este apelativo se usó particularmente en otros momentos de elección del Romano Pontífice, para indicar que el Cónclave requería tiempo para condensar cambios. En este caso es evidente que no se pretenden grandes cambios; más bien se quiere la continuidad, sobre todo la consolidación del proyecto de Juan Pablo II. Nada de factor sorpresa. Es un plan que el sector conservador e influyente de la jerarquía católica tiene muy bien pensado, y cuenta con agenda para un buen rato.
Así pues, tenemos a Ratzinger como Papa Benedicto XVI.
No vale la pena remarcar más su trayectoria conservadora o su inexplicable conversión a la Teología contra el Vaticano II, en el cuál destacó su participación como un prominente teólogo. Acaso vale la pena mencionar que su análisis de la Teología de la Liberación se basa en un prejuicio a la filosofía marxista, que ni siquiera es usada por todos los teólogos de la Liberación. Fundado en la certeza de que todo lo divino es perdurable, se muestra enfadado con todo lo que parezca contingente o relativo en el discurso teológico, considerando que las categorías históricas disminuyen la importancia del contenido de trascendencia de la salvación y de los dogmas cristianos, de ahí que el sustento de la Teología de la Liberación sea reducido a un mero sentido ideológico de la fe. Mucho han escrito al respecto connotados teólogos. Lo que llama la atención es que esa valoración teórica de la Teología de la Liberación, olvida la práctica de muchos cristianos que han llevado hasta las últimas consecuencias el testimonio de su fe sellado con el martirio; no obstante, ese testimonio de vida está ya reconocido en la memoria del Dios de Jesús.
Propiamente Ratzinger no ha delineado un programa de su pontificado, pero a partir de lo que ha dicho en sus diferentes interlocuciones de los días pasados, podemos señalar los puntos neurálgicos hacia los que quiere dirigir su atención como Pontífice:
1.Invitación a los jóvenes para que sean agentes activos en su cruzada neoconservadora. Vale la pena recordar que el nombre Benedicto es un símbolo de la evangelización de Europa; así, la Cruzada emprendida por Juan Pablo II continuará con más fuerza en la recristianización de la sociedad europea secularizada.
2.Llamado a la unidad de los obispos, como condición de la eficacia en la obra evangelizadora de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Claro que este llamado a la unidad puede resultar ambiguo, porque no se habla de la inculturación del evangelio y sólo tiene la connotación de comunicar a Cristo a toda la humanidad; no podemos olvidar que la misma convocatoria, lanzada por Juan Pablo II, implicó en gran medida una creciente centralización y un mayor control del actuar de las Iglesias locales.
3.Exhortación a los sacerdotes, en torno al cuidado que deben tener con los sacramentos y de manera especial en la celebración de la Eucaristía, al mismo tiempo que invita a la devota celebración cotidiana de la misa como centro de la misión del sacerdote.
4.Llamado al diálogo ecuménico e interreligioso, enfatizando sobre todo el diálogo teológico como una manera de “purificar la memoria histórica”.
5.Invitación a todos los cristianos a que contribuyan en un auténtico desarrollo social, fundado en la dignidad humana y signo de un futuro nuevo. Hasta el momento, el respeto al ser humano ha atraído la atención de los medios de comunicación y de muchos de sus críticos, de modo que aquí encontramos una vía de entrada para poder discutir sus diferentes llamados.
6.Algo que llama la atención en su homilía del domingo 24, es la catequesis e interpretación de las insignias papales, con ello deja ver buena parte del proyecto de su Papado, del cual he señalado algunos aspectos en los puntos anteriores.
Ahora bien, aunque parezca irónico, el peligro no está en Ratzinger, teólogo guardián de la doctrina de la fe, el problema lo constituye la gran mayoría de aduladores del poder romano presente en los grupos conservadores, que está desarrollando no una teología sino un espiritualismo a ultranza, aparentemente fundado en los Dogmas de la fe, pero que en realidad no es otra cosa que un cristianismo sin más práctica que la piedad abstracta. Este cristianismo favorece el infantilismo de los fieles y su sujeción al clero, promoviendo una fe que no es adulta, sino que confía su conciencia a un superior mayor que le indica en todo momento lo que debe hacer.
Ante las críticas en el sentido de que Ratzinger es adusto, serio, sin la simpatía de Karol Wojtyla, sus asesores ya están tomando providencias, haciéndolo aparecer como un Pontífice bueno, un anciano sabio que gusta de acercarse a los niños y, sobre todo, que goza de los “baños de pueblo”; alguien que no sólo disfruta la soledad de las bibliotecas, sino que, a pesar de no haber vivido intensamente una labor pastoral, ahora está dispuesto a acercarse al pueblo y tocarlo. Al menos eso es lo que en estos primeros días nos han mostrado los medios.
Ahora bien, más que quedarnos en el pasmo ante las causalidades organizadas hasta ahora por los sectores conservadores, debemos pensar más bien cómo seguirá nuestra resistencia dentro de la Iglesia, en la cual hemos sabido vivir a pesar de la tendencia al neoconservadurismo que impulsó como nueva cruzada Juan Pablo II. Si tenemos un obispo conservador y centralista en el Ministerio Petrino, con una estructura mediática y grupos de católicos que están dispuestos a seguir la estrategia neoconservadora, ¿cuál podría ser nuestro marco de acción y nuestro mejor escenario para seguir la caminada al lado de los pobres? Me atrevo a delinear algunos aspectos que necesariamente tendrán que ser enriquecidos.
1.Actualizar y mantener nuestra fidelidad a la opción por los pobres y contra la pobreza. En muchas partes hay frutos y grupos activos inspirados en esta opción; hay que darnos ánimo y fortalecernos en el compromiso, además de manifestarnos el apoyo mutuo en los ámbitos de acción en los que acompañamos a los pobres en la reivindicación de sus derechos.
2.La solidaridad internacional ha crecido en diferentes direcciones y niveles. Hay que estar atentos a la creación de redes y al fortalecimiento de nuestros procesos.
3.Reactivar el profetismo desde el pueblo, no esperarlo desde las jerarquías. El sector del clero, la vida religiosa y la formación de los seminarios, en su mayoría han optado por alinearse a las condiciones impuestas desde Roma, de diferentes modos y con variadas estrategias. El objetivo de esa tendencia es la formación de servidores obedientes a las jerarquías, que carezcan de un punto de vista crítico a la estructura que sostiene a la Iglesia jerárquica. Probablemente no tendremos obispos, religiosas, religiosos y sacerdotes profetas; claro que si existen hay que apoyarlos y dar gracias a Dios por ello, pero en los ámbitos clericales se repite con frecuencia que la profecía en la Iglesia de los pobres se entendió de una manera equivocada y ello llevó a la polarización. De modo que tomando en cuenta una postura conciliadora, pero fiel a la causa de los pobres, más bien hay que fortalecer al sector de los laicos para que éstos ejerzan su profetismo. Como decía Mons. Romero: “el pueblo es mi profeta”; sin embargo no basta con reconocerlo, hay que vivirlo y promoverlo. No podemos esperar que el profetismo llegue desde la estructura o desde la jerarquía, hay que construirlo desde el pueblo, por supuesto ayudando a la conversión de nuestros pastores.
4.Continuar con la lucha por los derechos humanos. Es importante que se mantenga a nivel de la sociedad en general, pero ahora más que nunca tenemos que promover los derechos humanos en el interior de nuestras comunidades y dentro de nuestra Iglesia. Es urgente que, como testimonio vivo, nuestras comunidades de fe sean un lugar simbólico para la referencia concreta de la cultura de los derechos humanos.
Claro que con estos aspectos no pretendo agotar la agenda pendiente de la Iglesia de los Pobres. Sin embargo sí quiero resaltar que, ante la tendencia al neoconservadurismo y la centralización, hace falta impulsar más la formación y la acción de cristianos maduros en su fe, ya que en este momento toca a los laicos asumir un papel protagónico que no puede esperar. Si de esto damos testimonio ante nuestros pastores, les podremos ayudar y brindar la oportunidad de que se conviertan. No caigamos, pues, en la desesperanza; más bien caigamos en la cuenta que el camino nos espera para seguirlo andando.
El día del anuncio del nuevo pontífice, había nubes negras, un viento frío y muy pocos rayos de sol; todo ello reflejaba muy bien mis sentimientos al conocer la noticia. Sin embargo, quiero mencionar ahora lo que Benedicto dijo esa tarde: «Dios sabe actuar con instrumentos aunque sean débiles». Ojalá los rayos del sol sean suficientes para iluminar una nueva alborada.

Los comentarios están cerrados.