VERDAD OBJETIVA Y COHERENCIA DE VIDA
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGEZIRAS (CÁDIZ).
ECLESALIA, 04/05/05.- No me lo esperaba. Sabía que había dos cardenales, quicios fundamentales de la Iglesia actual, Ratzinger y Martini, pero que, por sus 78 años habían pasado el nivel de renuncia de una acción pastoral directa establecido a los 75 años. Por otra parte, las biografías del resto de los cardenales, a pesar de ser ricas en preparación y entrega, no impedían que los electores, guiados por el Espíritu Santo, miraran hacia la gran valía de otros posibles candidatos que, sin ser cardenales, existen en la Iglesia Universal, en Occidente y en Oriente. Cuando enfermó gravemente Juan Pablo II parece que algunos no aceptaban su muerte. Cariño y fanatismo se confundían y se le ponía alto el listón al próximo Papa. Sin embargo, “a Papa muerto, a los pocos días, Papa puesto”. La Iglesia continúa y un nuevo Papa, Ratzinger, ha tomado el timón. De él se espera lo que se necesita, que sea un Pastor Universal fiel al Mensaje de Cristo y abierto a la realidad de nuestros días. Desde ahora deja de ser “guardián de la fe” para convertirse en Pastor Universal. Su nuevo ministerio le exige contar y contrastar pareceres. Apacentar, según sus palabras, quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien, el alimento de la verdad, de la Palabra de Dios, el alimento de su presencia, que Él nos da en el Santísimo Sacramento..
Su lema “Colaborador de la verdad” toma ahora una nueva dimensión. Habrá de abrirse a comprender la “verdad” de culturas diversas y situaciones sangrantes, creadas por dictaduras de “verdades parciales impuestas”. En 1998, en la Sorbona, Ratzinger afirmó que la crisis del cristianismo es un aspecto de una crisis más profunda: la crisis de la verdad objetiva. Hasta entonces el hombre pensaba que pisaba firme en el pensamiento, en religión, en la ciencia: saber de sí mismo, saber de Dios, saber de la verdad. Quebrada esa convicción, surge el pragmatismo, la soberanía absoluta del poder y la oportunidad diaria como criterio de comportamiento. Pero el hombre sabe que se mide y dignifica no por su gusto o poder, sino por la verdad real. El cristianismo ha sabido establecer la conexión entre la verdad, nacida de la realidad analizada, y el bien, acreditado en la vida personal. Verdad y Bien se reclaman y apoyan mutuamente.
Frente a la superstición, la política, la riqueza o un pluralismo vago y falso, el cristianismo rechaza opiniones particulares y reclama las exigencias universales de la verdad, tal como los hombres las podemos descubrir y Dios nos la ha dado a conocer. La crisis del cristianismo en Europa es la crisis de la verdad y de la racionalidad. No se resuelven los problemas de las instituciones y de las personas, ni en la sociedad ni en la Iglesia, sin el retorno a la pregunta de la verdad. Para Ratzinger la verdad es la fuente de la convivencia, cuando los hombres no se enseñorean de ella y la buscan no como arma contra el prójimo, sino como sendero hacia la fuente y futuro común. Cuando esa verdad no es buscada, surgen un pluralismo salvaje y un consenso político, cortados a la medida de los que tienen el poder en sus múltiples formas.
Junto a Ratzinger, mente vigilante que no cesa de indagar la verdad, originalidad y coherencia del cristianismo, otra cabeza privilegiada, guía de la conciencia cristiana en Europa, es el Cardenal Martini. En sus pastorales como Arzobispo de Milán proponía a los cristianos reflexiones sobre política, aquejada de abulia, indolencia e indiferencia ante los verdaderos problemas de fondo, que nublan y vulneran la conciencia humana.
A los cristianos no les es suficiente lo democráticamente válido y políticamente correcto. Decía que la “indolencia política es todo lo contrario de lo que la tradición griega y el Nuevo Testamento llaman “ libertad de llamar las cosas por su nombre”. Las grandes apuestas del ser humano, la idea de la vida misma , la sexualidad, la familia, el trabajo, la precariedad social, no son objeto de una reflexión a fondo, sino que son engullidas por una neutralidad apática en la que todas las opiniones adquieren el mismo valor; por un sistema de pensamiento que no da prioridad al conocimiento y al intelecto, y que confunde la fortaleza con el consenso de masas.
El cardenal invita a la moderación, pero una moderación que supere el modelo radicalmente individualista y libertario, sólo atento a los derechos individuales, a la perduración en el poder, a la perduración en el poder, a la supervivencia en el bienestar propio, olvidadizo de los hombres últimos y de las últimas cuestiones. La verdad real y la solidaridad comunitaria son hoy las dos instancias normativas de las personas y los dos desafíos supremos de la sociedad. De la respuesta a ellos dependen el futuro de la Iglesia, el porvenir moral de Europa y la dignidad del hombre mismo. Rantzinger y Martini, tan lejanos en sensibilidad, pero coincidentes en que verdad y eficiencia, confesión de fe y práctica de la caridad son inseparables, han sido dos quicios en torno a los que han girado las preocupaciones de los católicos más lúcidos. En resumen podemos decir que son el anverso y reverso de la realidad católica. Ratzinger invita a “vivir la vida en la verdad” y Martini a “vivir la verdad en la vida”.
