PAPA
FERNANDO BERMÚDEZ, misionero y profesor de Teología
GUATEMALA.
ECLESALIA, 04/05/05.- Ha sido electo Papa el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. No era de extrañar, pues la mayoría de los cardenales fueron asignados por Juan Pablo II, casi todos ellos de línea conservadora. Para la Iglesia de América Latina, donde radica la mitad de los católicos del mundo, ha sido un duro golpe. Ratzinger desacreditó la teología de la liberación, que es la esencia del Evangelio. No entendió a América Latina, un continente cristiano y empobrecido a causa de la injusticia y la ingerencia económica, política y militar de los Estados Unidos. Asimismo, Ratzinger desacreditó la teología autóctona que busca inculturar la fe cristiana en los pueblos indígenas y afroamericanos. Ha censurado a insignes teólogos y teólogas latinoamericanos que han sido consecuentes con los lineamientos pastorales de Medellín, Puebla y Santo Domingo desde la rica experiencia de fe de las comunidades eclesiales de base y el testimonio de los mártires. No es fácil entender a América Latina desde una mentalidad centroeuropea o romana.
Ratzinger, hasta ahora, ha priorizado el dogma y la norma sobre la “práctica de la misericordia, la justicia y la buena fe”, tal y como señala Jesús en su Evangelio. Evidentemente, es necesaria la “sana doctrina”, pero más importante es el amor, y éste exige entrega, compromiso, diálogo y respeto.
Tenemos fe que el nuevo Papa escuche al pueblo latinoamericano y sepa descubrir los rostros de Cristo que claman justicia, como señala el documento de Puebla. Y sobre todo, valore la sangre de nuestros mártires, hombres y mujeres, laicos, religiosas, sacerdotes y obispos, como Oscar Romero, Juan Gerardi o Enrique Angelelli, que por amor a su pueblo y en fidelidad al Evangelio entregaron su vida.
Aceptamos y respetamos al nuevo Papa Benedicto XVI, pero por encima de él confesamos que está la fidelidad al Evangelio de Jesús, al pueblo al que nos debemos y a la tradición más genuina de la Iglesia, con un espíritu de comunión eclesial.
Confesamos que la opción por el Reino, que es la razón de ser de la Iglesia, exige la unidad en la diversidad y, sobre todo, la profecía. No hay Reino de Dios sin profecía.