RATZINGER TEÓLOGO Y PREFECTO ANTES DE PAPA
BENJAMÍN FORCANO, sacerdote y teólogo
MADRID.
ECLESALIA, 04/05/05.- No sé si el cardenal Ratzinger podía sospechar la que se le avecinaba. Pero, ciertamente, se va a ver convulso en un clima distinto. Por mucho tiempo el cometido le era tranquilo y preciso: el estudio de la teología, antes del concilio y hasta unos años después. De hecho, llego al concilio como teólogo perito del cardenal Frings. Luego, se revolucionó por dentro y el horizonte era otro: volcado a vigilar y controlar la ortodoxia católica. Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Sagrada Congregación para la doctrina dela Fe (ex – Santo Oficio) en el 1981.
Pero una y otra cosa fueron internas, casi desapercibidas para el gran público. Juan Pablo II llenaba con su imagen el interés de la opinión pública y no daba tiempo para que la gente, a través de los medios, supiese de la involución intraeclesial que se estaba operando por la Curia y por el Prefecto Ratzinger. ¿Fue connatural o calculada esta estrategia? ¿Connatural con la misión carismáticamente viajera y misionera de Juan Pablo II y/o al mismo tiempo hábilmente propulsada para hacer pasar inadvertidos los estancamientos y retrocesos en la Iglesia?
Hoy, sobre Ratzinger ya Papa, se cierne implacable el escrutinio insaciable de los “medios” y van a sacarle lo que, por mucho tiempo, transcurría medio escondido. Su minoría activamente protectora, se verá desbordada y no podrá evitar que esa vida entornada se abra y aparezca en los escenarios públicos de la voraz demanda pública. Ya Ratzinger, antes de Papa, estaba en la calle, en los bares, en los colegios, en las plazas, en las academias, en las familias, en todas las bocas. Y, como siempre, aparecerán los panegiristas -verán cómo esa caricatura de duro y conservador se desvanece poco a poco- y los severos críticos, que no le concederán margen de espera y confianza –verán cómo se endurece y asfixia a la Iglesia-.
Hay un Ratzinger, teólogo progresista, que dura hasta pocos años después del concilio. El mismo no ha dudado en escribir en su libro “El Nuevo Pueblo de Dios”: “El concilio manifestó e impuso su voluntad de cultivar de nuevo la teología desde la totalidad de las fuentes, de no mirar estas fuentes únicamente en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien años, sino de leerlas y entenderlas en sí mismas; manifestó su voluntad no sólo de escuchar la tradición dentro de la Iglesia católica, sino de pensar y recoger críticamente el desarrollo teológico en las restantes iglesias y confesiones cristianas y dio finalmente el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales , y , partiendo de ellos, repasar la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, la cosa misma y aceptar sus lecciones” .
Y en otra parte: “Un cierto reduccionismo amenaza con colocar al Papa en un puesto que en verdad sólo corresponde a Cristo. El Papa no es vicarius Christi en el sentido de que esté ahora en el lugar del Cristo histórico”. “La tensión del sucesor de Pedro entre piedra (roca de Dios) y escándalo (tropiezo) pertenece a la tensión fundamental de la fe”. “En modo alguno, el primado puede ser entendido, como acontece ahora, en el sentido del centralismo estatal moderno, esto no pertenece a su esencia”. “El concilio declaró herético pensar que los obispos son órganos meramente ejecutivos del Papa y que no representan ningún orden especial en la Iglesia”.
Para el año 85, la restauración estaba más que en marcha. Ratzinger ya es otro, y piensa que la Iglesia se halla en una nueva encrucijada de civilización, que exige un nuevo rumbo. Llegaba la tercera restauración, después de la del siglo XIX con Gregorio XVI y de la del siglo XX con Pio X. Y Joseph Ratzinger, Prefecto del ex – Santo Oficio, era la figura clave de ella.
Ratzinger hizo en 1953 su tesis doctoral sobre la figura de la Iglesia en San Agustín; en 1968, publicó una “Introducción al cristianismo”, en la que asume el “agustinismo”. San Agustín le acompañaba como sustrato de su pensar teológico y esto, escribía el teólogo español José Mª González Ruiz, “quiere decir conflicto radical con los valores mundanos, pesimismo teológico, exclusivismo religioso sobre la salvación humana y consideración desvaída sobre la naturaleza en el camino de la Gracia”.
En nuestro mundo el Ratzinger-Prefecto veía amenazada la consistencia y especificidad del Cristianismo y se proponía frenar la influencia negativa de algunas teologías modernistas que buscaban una acrítica adecuación con el mundo. Elaboraba así una plataforma rigurosa de antimodernismo católico sobre base agustiniana.
Es en ese año 1985 cuando, en su Informe sobre la fe, da a entender que se propone “retomar las riendas que a la Iglesia se le escaparon, no a pesar de, sino a causa de la libertad introducida en por el “espíritu del Concilio”.
Se encendieron las controversias entre conservadores y progresistas, pero la tercera restauración estaba en marcha. Había que establecer una tercera fuerza entre un capitalismo consumista y ateo y una socialismo ateo. Para ello, un tipo de Iglesia “Sociedad Perfecta” y no “Pueblo de Dios” (modelo del Vaticano II) era la que podía ofrecer respuestas específicas a todas las preguntas humanas; una Iglesia a tal fín compacta, bien jerarquizada, con todos los controles en manos de los que la dirigen.
Ahora, estamos en tiempos de un Ratziger ya Papa. Ciertamente los vientos de la exigencia de la renovación van a seguir soplando y acaso esté cercano el tiempo en que los intentos restauracionistas se conviertan en una bomba que haga estallar el conformismo y provoque un cambio radical en la Iglesia, porque “el conservadurismo , en general, intenta conservar a lo más cien años de historia: es la tradición la que es revolucionaria” (Charles Peguy).
¿El nuevo Papa, como obispo de Roma, podrá liberarse de la prisión del Vaticano, del peso del constantinismo,y podrá estar y moverse entre la gente sin guardaespaldas y sin el asedio de las cámaras de la televisión y sin el compromiso de la diplomacia? ¿Dejará de tener miedo a las consecuencias desestabilizadoras de una postura evangélica?
