EL DIOS EN NOSOTROS
MIGUEL ESQUIROL VIVES, esquirolrios@gmail.com
COCHABAMBA (BOLIVIA).

ECLESALIA, 31/12/10.- Recientemente Andrés Pérez Baltodano, doctor en ciencias sociales y políticas escribió un artículo que titulaba: “Lo más urgente es cambiar la imagen de Dios”. Y yo me atrevo a decir del dios que está fuera al Dios que está dentro. Y como dice José Antonio Pagola en “Está con nosotros” (Eclesalia, 15/12/10), es el Dios que “habita en todo corazón humano”.

La imagen del dios que está afuera, el que defiende la religión tradicional para defender la trascendencia, apreciando menos o incluso descuidando la inmanencia, ha tenido consecuencias nefastas y además no es el Dios encarnado. Para buscar a ese dios de afuera, las gentes tienen que alejarse de su entorno o buscarlo en el templo, convirtiéndose el clero en los dueños y dispensadores de Dios. Además entonces nuestro entorno y nuestro cuerpo dejan de ser templos, el mundo es malo, peligroso, y el cuerpo es el animal que habrá que domesticar y castigar. La naturaleza habrá que someterla, dominarla, explotarla, quizás hasta destruirla. El prójimo es antes que un hermano un desconocido y posiblemente un enemigo. El ser humano desconfía de sí mismo y de los demás, impera la desconfianza y el miedo. Lo profano como opuesto y separado de lo sagrado, consecuencias desastrosas para la vida cristiana de los laicos separados, y marginados de los sagrados y consagrados.

Este dios nos sirve para explicar lo que no conocemos y para resolver problemas, que tenemos que resolver nosotros, hace milagros e impide el cambio y el avance de la Iglesia. Es un anestésico para no sentir el dolor del mundo. Además legitima el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad, la obediencia antes que la libertad, la ley sobre el amor, el poder sobre el servicio, la violencia sobre la paz. Es el dios que ve desde afuera las injusticias y el dolor de este mundo. Es el dios que ha creado a los ateos.

El Dios que llevamos dentro, que es desde luego trascendente y por ello es inmanente, es el Dios distinto, pero no distante, es el fundamento de nuestra ser y del universo, fuente de creatividad y de espiritualidad. Sólo hay que darle la vuelta a las consecuencias que hemos dicho antes. Para encontrar a ese Dios de adentro, las personas no tienen que alejarse de su entorno, sino en su medio, en lo cotidiano, en la vida, en sí mismos, en los otros, en los pobres, en la naturaleza. Y nuestro cuerpo es templo de Dios, y “el universo es el cuerpo de Dios”. El prójimo es mi hermano y allí está Dios, más que en ningún templo y más a flor de piel en el pobre y afligido.

El ser humano confía en sí mismo y en los demás, porque en el fondo del ser humano está su bondad, que es el mismo Dios y desaparece el miedo que paraliza. Lo profano está unido a lo sagrado. El sacerdote no es más que el laico. Es el Dios que hoy sigue encarnado. Con ese Dios se da la confianza, la libertad, la creatividad, el cambio, la responsabilidad y el amor. Si le dejáramos actuar convertiría el orden piramidal de la Iglesia y de la sociedad en comunidad, y pondría el amor sobre la ley y el servicio sobre el poder, la paz y la justicia sobre la violencia. Es el Dios que goza con el que goza y sufre con el que sufre. Para encontrarlo no hay ni siquiera saber que lo estamos buscando, con tal de servir al más sencillo, al más humilde. Con tal de amar. Es el Dios que nos hace humildes y serviciales, es el Dios que nace con cada niño y cada niña que nace. Este es el Dios en nosotros de la Navidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).