A LOS AMIGOS, CON MOTIVO DE LA NAVIDAD
JUAN DE BURGOS ROMÁN, jgudor@gmail.com
MADRID.

ECLESALIA, 26/12/22.- Que digo yo que quiero seguir manteniendo esta costumbre, ya antigua para mí, la de, en llegando la Navidad, dirigirme a los amigos y, por supuesto, a las amigas. Y es que, a causa de los muchos años que nos han ido cayendo encima, bastante se han mermado ya nuestras relaciones como para abandonar este nexo que aún perdura entre nosotros, que no es cosa de que se termine apochando del todo, nuestra añosa amistad, digo, que sobrado lo está ya la pobre.

Aunque, muy probablemente, ya te lo tenga dicho en otras ocasiones, que me repito más de lo que es costumbre en gentes de nuestras añadas, te diré que doy en elegir la Navidad, para esto del mandarte una parrafada, porque es, para mí, al menos, época de rememorar, con añoranza, todo, no solo lo que es digno de rememoración, lo cual sería cosa muy razonable, sino todo, lo que se dice todo, que, con el paso del tiempo, ¿qué quieres que te diga?, que me pongo las botas resucitando cosas antiguas. Con lo del acumular años, me viene a ocurrir que esto, lo de evocar el pasado, cobra, para mí, claro, cada vez más trascendencia y significado, pues parece crecer, en mí, a semejante ritmo del de cumplir años.

Pero he de señalarte que, a pesar de lo que te acabo de decir, la Navidad no es, para mí, cosa de nostalgias. Y es que, aun añorando mis navidades del pasado, las de cuando yo era niño, las de cuando mis hijos eran los que eran niños, las de cuando yo era un mozo, vamos, todas, pues viene a ocurrir que, a pesar de ello, para mí lo más apreciado y significativo de la Navidad es esa íntima reflexión que, sin que yo sepa el porqué, me conquista en estas fechas, especialmente en los momentos de silencio y sosiego. Que es en Navidad cuando más me planteo cuestiones trascendentes, vitales, que en otros momentos pasan desapercibidas, o parecen estar ausentes. A todos, supongo, les ocurren cosas parejas a esta que te digo, que no creo ser yo ni un tipo raro ni una persona especial, pero me olisqueo que esto no es hoy algo característico de la Navidad, que la Navidad ha dejado de tener su carácter intimista de otros tiempos para dar paso a la bulla, a la algarabía.

Y es que, al menos en lo que conozco y según yo lo percibo, claro, ha cambiado mucho el cómo se entiende lo que es la Navidad y el modo de vivirla. Una buena señal de lo que te digo es el cambio que ha experimentado la manera de adornar las calles en estos días. En épocas pasadas, todo se reducía, además de los nacimientos, a unas pocas estrellas, algún angelito que otro, unos cuantos camellos y poco más (motivos navideños los llamábamos); hoy, a pesar de esas iluminaciones tan esplendorosas que nos traemos, de los adornos de antaño solo queda algún pequeño vestigio, que parece que lo que antes se celebraba era cosa distinta de la de ahora. Así que doy en pensar que, si a un extraño, pongamos que a un extraterrestres, hubiera que explicarle lo que festejábamos con tantas luces, regalos y comilonas, y se le dijese que celebramos el aniversario del nacimiento de un salvador (del Mesías), de seguro que no le iba a ser posible entendernos. En estos días de tanto festejar, las cosas están tan confusas que, creo yo, serán muchos los que estén celebrando algo pero, en el fondo, no sabrán bien que es lo que celebran.

Y, a propósito de mi anterior referencia al Mesías, quiero señalarte que, para mí, la Navidad sigue siendo época de celebrar que, hace una pila de años, “nos vino un salvador”; aunque bien es verdad que este asunto no lo percibo hoy como en épocas pasadas. Y es que, creo que para bien, pero vaya usted a saber, hoy distingo entre la historicidad (perdón, la no historicidad) de los relatos de la infancia de Jesús, que se contienen en los evangelios de Mateo y Lucas, y los mensajes teológicos de tales relatos, el hondo significado que ellos encierran. Y te digo que creo que es para bien porque, persistiendo, aun, en mí la capacidad de disfrutar, por ejemplo, con los belenes y villancicos, ello no me impide tener una mejor percepción de lo que viene a significar los tales textos, como el que antes te mencionaba: “hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (que, según Lucas 2,11, les dijo el ángel del Señor a los pastores).

Seguro que sabes, pues nunca lo he ocultado, que soy persona creyente, creyente en Dios, digo, aunque esto no es mucho decir, que, más de una vez, me he dado de bruces con algún increyente con el que resulté tener más en común que con ciertos creyentes que, se suponía, me eran afines. Y es que no es inusual, ni mucho menos,  que dos personas que dicen profesar la misma fe, tengan imágenes de Dios tan distintas que se diría que pertenecen a iglesias antagónicas, pues entre el dios de uno y el del otro hay diferencias abismales. Pero volvamos al principio: Cuando te decía, antes de enredarme, que soy creyente, lo hacía con el objeto de, a renglón seguido, añadir que ello no me lleva hoy, aunque he de confesar que no siempre ha sido así, no me lleva hoy, te digo, a mirar con malos ojos a los que viven la Navidad al margen Dios.

Lo que sí me pasa es que, como yo estimo que siguiendo las enseñanzas de ese salvador del que te hablaba, Jesús de Nazaret, podemos, si no nos despistamos, que mucho lo terminamos haciendo, podemos, te decía, tener un vivir mucho más feliz, entonces me da dolor que haya gentes que se pierdan la ocasión de mejorar drásticamente su existencia. Pero vaya usted a saber, que conozco muchos creyentes, convencidos y devotos, que se lo montan de modo tan torpe que, a la postre, terminan con un penoso vivir. Y ahora me acuerdo de una cosa que alguien me dijo en cierta ocasión: «Más vale no creer en Dios que creer en un dios muy alejado del Dios padre amoroso que nos presentó Jesús». Y, bueno, que digo yo que, a buen seguro, el Dios de Jesús es también el Dios percibido por otros buenos profetas que en el mundo han sido (y son), aunque las limitaciones y las torpezas de unos y otros, nos lleven a pensar en dioses distintos.

En estos días, tengo ocasión, como también la tendrás tú, supongo, de oír en los ambientes religiosos el canto del Maranatha, ¡Ven, Señor Jesús! (o El Señor viene), lo cual, que quieres que te diga, me desconcierta bastante. Y es que, digo yo, que no es posible que el Señor venga, pues bien que sabemos, si le creemos a él, claro, que ya está aquí, y está en todas partes y, especialmente, en la gente, en todos y cada uno. Pero quizá sea que el tal himno no deba, hoy, entenderse literalmente, que haya que interpretarle, que encontrar su cabal significado. Y es que, a lo que se me alcanza, de nada vale que el Señor esté con nosotros si nosotros no le percibimos, si no nos enteramos de que está, por lo que, a lo que estimo, en lugar del “Ven Señor Jesús”, lo que debiéramos decir sería algo como esto: Anhelamos que se nos despierten los sentidos para poder percibir tu presencia en nosotros. Y es que pienso que es vital caer en la cuenta de que no estamos solos, y nunca lo vamos a estar, pues estamos, y estaremos siempre, muy bien acompañados.

Pues eso y que celebres la Navidad, disfrutándola sabiendo que no estás solo o sola, claro (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

Abrazos,

Juan