RECONVERSIÓN CUARESMAL
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 03/03/24.- Muchos conocemos, en caso contrario se puede consultar la hemeroteca, en qué consistió la reforma del sector secundario, la industria, que se llevó a cabo en España durante la década de los 80, del siglo pasado y que, debido a los cambios tan profundos que se hicieron, dio lugar a que se denominara «reconversión industrial».

La Iglesia, desde sus inicios, enseñó y predicó que la clave de la fe cristiana, a nivel de celebración, era la Pascua. Creyó, por ello, que era necesario prepararse debidamente para tan especial evento. Prepararse, durante un tiempo de manera más intensa, erradicando todo aquello que pudiera ser impedimento que lo hiciera imposible o, como mínimo, fuera un obstáculo para celebrarla como se debería.  Este tiempo especial que nos traslada a experiencias bíblicas profundas de transformación, de cambio o de interiorización es la Cuaresma.

Recordando el mensaje que los profetas dirigían antaño al pueblo «levantar todo lo que está bajo y allanar aquello que está alto» (Is. 40, 4), la conversión, a la que se nos invita, durante este tiempo, se mueve en la dimensión de lo radical, en el sentido de equilibrar tantas disfunciones personales, sociales y eclesiales que desfiguran el verdadero sentido de nuestras vidas de individuos, la razón de ser de la sociedad y la verdadera vocación de la Iglesia. Por tanto, según las palabras del propio profeta, no se trata de hacer algún que otro apaño, a nivel de pequeños cambios y ya está, como si de un barniz se tratara, sin tocar para nada la estructura y la realidad de fondo. Es hora de hacer (cada momento y cada instante son esa hora) o, como menos, intentarlo, cambios fuertes y profundos para intentar conseguir ser personas nuevas y, también, comunidades renovadas, tanto por lo que a la sociedad civil, como religiosa, se refiere.

Por ello, en primer lugar, cada persona conoce cuál es «aquello alto” que le hace creerse superior: dígase, entre otros, el ego desmesurado, el culto a la persona, el orgullo, la soberbia, el dinero y todo un largo etc., a lo que todos y cada uno podríamos poner nombre, con sus consiguientes consecuencias nefastas.

Pero, también, tener claro qué es «lo bajo que hay que levantar». Para lo cual, necesitamos tomar conciencia de que debemos bajar, no tanto la mirada, cuanto el corazón, a las profundidades (las periferias franciscanas) de la existencia: la propia, por supuesto, para erradicar tantos prejuicios que nos impiden crecer en intenciones sanas y sanadoras.  Pero, también, y sobre todo, bajar a aquellos abismos donde se encuentran quienes no cuentan nada ni para nadie, para alargarles la mano de la solidaridad, en todos los sentidos y de todas las formas, hasta convertirlos en hermanos con igual dignidad.

En segundo lugar, entrando en la dimensión social que nos distingue como hombres y mujeres que habitamos un mismo mundo, también la Cuaresma, o un tiempo concreto en el año, por si los sentimientos de alguien pueden sentirse heridos debido a la connotación religiosa del concepto anterior, es una buena oportunidad para tomar conciencia de esas alturas y bajuras tan brutales y, por ello, tan injustas, que nos separan a quienes habitamos este mundo. Un tiempo, pues, propicio y necesario, para limar y, si se puede erradicar, mejor aún, diferencias fundamentadas en realidades, como pueden ser, entre otras, el género, el sexo, el color, la geografía, la ideología, la religión, etc., que nos distinguen, y que pueden y deben ser motivo de riqueza y de pluralidad, nunca de discriminación y enfrentamiento entre unos y otros. No se trata de un cambio sin más y ya está. Se trata de una transformación profunda y radical, para que sea el amor lo que marque nuestras relaciones humanas, acompañado, en todo momento, de grandes dosis de perdón.

Por último, para quienes creemos en el proyecto de Jesús y hemos optado por intentar vivirlo de manera comunitaria, dentro de la Iglesia, la Cuaresma sale a nuestro encuentro para recordarnos que hemos de esforzarnos por vivirlo desde el mensaje del Evangelio y la experiencia de Jesús, tal y como el propio Evangelio nos presenta «Conviértete y cree en el Evangelio».  Una conversión, por tanto, como en los dos casos anteriores, radical y profunda, que debe llevarnos a hacer de las Bienaventuranzas nuestro vademécum diario.

Una experiencia de vida, dentro de una Iglesia humilde, sencilla y desprendida, también, tal y como Jesús quiso para los suyos «Sin llevar bolsa con dinero para el camino. Solo un bastón y un par de sandalias». Una Iglesia servicial y servidora «Yo no he venido a ser servido, sino a servir y entregar la vida». Una Iglesia sin preeminencias ni puestos relevantes «Quien quiera ser el primero, que se haga el último de todos».  Una Iglesia sororal y fraternal, en la que no haya ningún tipo de diferencia entre sus miembros, pues, como dice el apóstol, «Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús».  Una Iglesia que se distinga, sobre todo, por el amor indiscriminado hacia toda criatura «Amaos los unos a los otros» . Una Iglesia que no se pierda en celebraciones farragosas y liturgias vacías, sino que practique el culto verdadero «En espíritu y en verdad (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).