MEMORABLE FUNERAL POR JUAN XXIII
JOSÉ MARÍA RIVAS CONDE, postaljara@gmail.com
MADRID.
ECLESALIA, 03/06/26.- Hace tiempo que tengo intención de hablar de este funeral. El deseo de hacerlo en fecha relacionada con la figura de este papa, y la esperanza de que se daría alguna así, cuando la marcha de mi vida no me impidiera enriquecer mi relato, con el testimonio de algunos de sus actores, han sido la causa de esta lamentable demora mía.
Ellos podrían suplir mis olvidos, o exponer con mayor viveza que yo, lo ocurrido en los momentos en que no pude estar presente. No es igual hablar de un hecho vivido, que de los comentarios sobre ello hace tiempo recibidos. Sucede algo parecido con lo captado por el propio intérprete de los hechos, y lo deducido de lo que se sabe, aunque sea sin lugar a dudas, intención de sus agentes. Pero la vida no me dejó hueco hábil para localizarlos y recabar su testimonio.
Hoy, me pongo a la tarea, pese al riesgo de olvido de detalles conmovedores. No vaya a ser que mis años acaben por imponerme silencio, y así se muestre una vez más, que “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Obvio que, a medida que pasan los días, aumenta la posibilidad de que eso suceda. Me pesaría. Porque al episodio en sí, lo considero notable y muy significativo.
Mi participación en él se debió a una simple coincidencia temporal, y se limitó a su preparación. Pero durante toda la víspera desarrollé en la misma un papel imprescindible, y en cierto modo determinante. De ahí que me considere testigo cualificado de su celebración.
En el curso académico 1962-1963, iba yo los jueves a ayudar ministerialmente en Íllora, pueblo de la provincia de Granada. Después de 63 años, no recuerdo el nombre propio de su párroco; pero sí su apellido, que era Leyva salvo fallo estrepitoso de mi memoria. Cuando tras asentar mi vida en Madrid traté de contactar con él, me enteré de que había fallecido algunos años atrás.
A los pocos días, pero cierto pasada la primera semana de la muerte de Juan XXIII, acaecida el lunes 3 de junio de 1963, se ofició en la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, templo parroquial de Íllora, el funeral oficial, que entonces estaba establecido celebrar al morir un papa.
El jueves siguiente a dicho funeral, al llegar yo al pueblo me dijo el párroco: «Hoy tenemos sólo tarea de confesionario». Ya había sido yo ordenado de sacerdote al final del curso anterior, y las confesiones eran mi primordial ayuda en la víspera de festivos y de primeros viernes de mes. Por esto me sorprendió que, habiendo sido víspera de primer viernes el jueves 6, tuviera la misma tarea sólo una semana después. El párroco me lo explicó.
Había sucedido, que cuando en la sacristía trataba él de preparar las palabras, que iba a dirigir a las autoridades en el funeral oficial, se vio dificultado para concentrarse, por causa de su monaguillo más asiduo. Un niño, del que no recuerdo ni el nombre ni la edad; pero que difícilmente superaría los diez años. Éste, impresionado por la doliente agonía del papa, que todos pudimos seguir, hasta por la entonces naciente tele, no dejaba de exclamar: «“¡Próbetico” el papa! ¡Todo lo que ha sufrido! ¡“Próbetico”…!». Hasta que llegó un momento en que el párroco le mandó callar.
Calló el monaguillo; pero, al acabar el funeral, le preguntó al párroco: «Los niños, ¿por qué no podemos hacer un funeral por el papa?». La respuesta fue: «¡Claro que podéis! Sólo que hay que pagar al organista… Díselo a tus amigos y si conseguís al menos eso, le avisamos para el viernes próximo». Creo recordar que no residía allí y que era el mismo para varios pueblos de la zona. De pasada y sin entrar en detalles diré que, entonces, los ingresos de los sacerdotes de parroquias modestas, se limitaban básicamente a los estipendios y las colectas de días festivos.
El monaguillo lo comentó a sus amigos, en su casa y en la escuela. Además, según me contó el párroco, añadió de su cosecha ir diciendo, que cada uno debía poner una peseta, para pagar entre todos el estipendio íntegro, y que así el funeral fuera de ellos. No recuerdo cuál era entonces en una parroquia común de pueblo, el de un funeral sencillo, pero con organista, catafalco, seis velones y demás símbolos usuales en aquella época. Creo sin embargo no errar mucho, si digo que rondaría las quince pesetas.
Tampoco erraré gran cosa a tenor de mis recuerdos, al señalar que entonces, allí, así como en gran parte de los pueblos de España, no abundaban los niños con ahorros; y para los que los tenían, una peseta era una cantidad muy estimable. Sin embargo, me sorprendería enormemente que algún niño o niña quedara en Íllora sin hacer su aporte.
Me sorprendería, porque personalmente pude apreciar, que ningún niño quería sentirse como desligado del funeral, por perdonársele la peseta. Puede que alguno pidiera ayuda a algún familiar; pero el caso es que el párroco, bastante asombrado, me calificó la recaudación de excepcional.
Pude también percibir su afán por comulgar en el funeral, como si no hacerlo fuera a reducir el fruto de su rezo por el papa, y lo estimaran algo así como “mucha paja y poco grano”. Aunque ellos, seguro, no lo dirían así; ni de ninguna otra forma. Eso era lo que sentían sin saber expresarlo, ni menos razonarlo. La actuación del monaguillo obtuvo en efecto tal apoyo, que los niños de Íllora decidieron masivamente llegar a lo que para ellos era lo máximo del rezo por alguien fallecido: comulgar en su funeral. Puedo dar testimonio de ello, porque como he dicho, aquel jueves me lo pasé todo el día confesándolos a ellos, y a algunos adultos que se quisieron unir.
Claro que a más tiempo dedicado a confesar, más personas confesadas. Pero en aglomeraciones de penitentes, como en esa ocasión, se daba en aquella época una variante más respecto del monto de confesiones. Tal era si el confesor se detenía o no en explicaciones sobre la necesidad de confesar, cuando veía confesarse simplemente por creer, como frecuentemente sucedía en aquella época, que nunca se podía comulgar sin hacerlo antes, o incluso entre personas de edad avanzada, sin permiso del confesor. Pese a dejar tales explicaciones a la catequesis, todavía el párroco tuvo el viernes que seguir confesando, según el mismo me dijo, hasta la hora del funeral».
Esa mañana del viernes 14, me fue del todo imposible acompañar a los niños. No había ya clases, creo recordar; sino sólo exámenes. Y antes de acabar el mes, no recuerdo el día, me tocaría a mí. Además, no estaba permitido salir de la facultad en días considerados lectivos. Y como entonces no tenía móvil, (¡no los había!) no pude enterarme de lo sucedido en el funeral, hasta la siguiente vez, en que volví al pueblo.
Lo más relevante que me dijo el párroco, fue que nunca había visto la iglesia con tantos niños y niñas, y que las comuniones habrían superado las doscientas, incluidas las de los adultos que acompañaron a los niños. Conociendo el sentir de éstos, y con todo lo que habíamos confesado entre los dos, no me podía sorprender.
Al recordar lo muy llamativa que en su día fue, la gran repercusión que tuvo la muerte de este papa, incluso entre no cristianos y no creyentes, y entre los propios niños en general, siento que debería destacarse de forma muy explícita, la producida en este monaguillo y en la gran mayoría de los niños de Íllora. Fue una espléndida manifestación de fe candorosa, pero desenvuelta, de quienes aún no suelen contar en la sociedad.
A parte de darla a conocer para sacarla de su localismo y evitar su olvido, con su rememoración quiero rendir a aquellos niños, el homenaje que desde hace tanto tiempo les debo, y a la vez pedirles que quieran señalarme los errores que puedan apreciar en mi narración. Habiendo sido todos ellos, cuando menos veinte años más jóvenes que yo, seguro que vivirá más de uno.
Y habiéndose hablado de la posible incorrupción del cadáver de Juan XXIII sin haberla procurado, pretendo además animar a los supervivientes de aquellos niños y niñas, y de paso a todos, a que la devoción a este papa, ahora ya canonizado, no dependa de ese hecho tan físico y de este mundo; sino que tenga la misma base que tuvo en su infancia. Esto es: el deseo de hacer algo por quien sintieron muy cercano a ellos. Pero enriqueciéndolo, al ser ya adultos, con algo tan terminante en san Juan XXIII, que llegó a ser eje fundamental de su vida: estar siempre por los niños y por los desvalidos, tanto ante la adversidad como ante la persecución. Entiendo que el mejor obsequio a san Juan XXIII, es creer operativamente como hizo él y decía, en que todos somos hijos del mismo Dios, igual de amados por Él (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).
