Un ecosistema sometido a condiciones extremas
LA LECCIÓN QUE NO ESTABA EN EL PROGRAMA
Cuando una experiencia de laboratorio abre preguntas sobre la resiliencia, la esperanza y la fe
SEBASTIÁN ALBERTO CHIAPELLA, sebchiapella@gmail.com
BUENOS AIRES (ARGENTINA)

ECLESALIA, 02/11/26. En el Colegio Schönthal, de Buenos Aires, trabajo como profesor de Ciencias Naturales y suelo proponer experiencias que permitan a los estudiantes aprender a partir de situaciones concretas. Una de ellas la llevé adelante con alumnos de segundo año, de entre 13 y 14 años, cuando abordamos el tema de la lluvia ácida y sus efectos sobre los ecosistemas.

Para desarrollar la actividad, construimos dos pequeños ecosistemas en una misma pecera de vidrio, dividida por una placa del mismo material que separaba ambos sectores. En cada uno colocamos suelo, plantas y pequeños organismos aportados por los estudiantes, procurando que las condiciones iniciales fueran semejantes. Luego, agregamos ácido sulfúrico 1 M en uno de los sectores y ácido nítrico 1 M en el otro, para observar qué ocurría en cada caso.

Las concentraciones utilizadas eran muy superiores a las que caracterizan la lluvia ácida en condiciones ambientales naturales. La elección respondía a una necesidad didáctica: hacer visibles ciertos efectos dentro del tiempo disponible para el trabajo escolar. Por eso, la experiencia debía entenderse como una emulación experimental de algunos efectos de la acidificación, no como una reproducción fiel de lo que sucede en la naturaleza.

FOTO 1: Los dos sectores de la pecera, afectados por los tratamientos con ácido sulfúrico y ácido nítrico.

La lluvia ácida, asociada entre otros factores a la presencia de ácidos sulfúrico y nítrico en las precipitaciones, puede afectar suelos, bosques, cursos de agua y otros componentes de los ecosistemas (U.S. Environmental Protection Agency, s. f.; Likens & Bormann, 1974).

Con el paso de las semanas, los cambios fueron evidentes. Las plantas perdieron color y vitalidad, algunos tallos se secaron y también se vieron afectados pequeños organismos presentes en los dos sectores. El deterioro observado contrastaba con las condiciones iniciales. Aun cuando el aspecto de la pecera parecía indicar que la experiencia había llegado a un punto final, les pedí a los estudiantes que continuaran regando ambos sectores con agua. No sabíamos si se produciría alguna recuperación, pero debíamos seguir cuidándolos mientras observábamos su evolución.

FOTO 2: Un alumno continúa regando con agua los dos sectores de la pecera afectados por los ácidos.

Un día, al entrar al laboratorio para revisar cómo evolucionaban mis ensayos, me detuve frente a la pecera. En medio de aquel escenario deteriorado, advertí algo inesperado: había aparecido un pequeño brote verde en uno de los sectores. Me acerqué para observarlo mejor. Después de tantas semanas en las que las plantas habían perdido vitalidad y el ecosistema parecía gravemente afectado, aquella pequeña presencia contrastaba con todo lo que había visto hasta entonces. No pude determinar con certeza de dónde provenía. Era posible que una semilla hubiera permanecido en el sustrato y germinado más tarde, pero no contaba con pruebas para confirmarlo.

FOTOS 3: Aparición de un brote verde en uno de los sectores de la pecera afectado por el tratamiento con ácido.

Desde el punto de vista científico, el origen del brote seguía siendo una incógnita. Sin embargo, su aparición me llevó a pensar que aquella observación podía abrir una conversación que trascendiera los contenidos previstos para la clase.

De la lluvia ácida a la resiliencia

En el encuentro siguiente, reuní a los estudiantes alrededor de la pecera y les mostré el brote. Les propuse que pensáramos juntos qué nos sugería aquella aparición después de lo que habíamos observado durante las semanas anteriores.

¿Podíamos relacionar esa pequeña señal de crecimiento con algunas situaciones de la vida humana?

La conversación tomó un rumbo que no había formado parte de la planificación inicial. Uno de los estudiantes contó que una persona muy cercana de su familia había sufrido un accidente grave. En un primer momento, las perspectivas de recuperación habían sido poco alentadoras. Sin embargo, con el tiempo, esa persona había logrado reconstruir aspectos importantes de su vida y regresar al trabajo, con el acompañamiento de su familia y de los profesionales de la salud, junto con la oración y la confianza en Dios, que habían sido un sostén para sus seres queridos durante aquel período difícil. Escucharlo me permitió comprender que la propuesta había abierto un espacio para compartir experiencias personales y reflexionar sobre la resiliencia, es decir, sobre cómo las personas pueden afrontar situaciones adversas y salir adelante con el apoyo de quienes las acompañan y de los recursos que encuentran a lo largo de ese proceso.

Este concepto, estudiado en el campo del desarrollo humano, destaca el papel de los procesos de adaptación y de los apoyos que permiten afrontar situaciones difíciles (Masten, 2001).

La relación entre el brote y la experiencia humana no era una equivalencia científica. Una planta y una persona atraviesan procesos muy diferentes, y el crecimiento de un brote no permite explicar la recuperación de alguien que ha sufrido un accidente. La conexión que estábamos explorando era otra: la posibilidad de encontrar, en una observación de la naturaleza, una oportunidad para pensar sobre situaciones humanas que nos afectan profundamente.

En ese contexto, el hecho de haber seguido regando la pecera adquirió para mí un significado especial. Habíamos continuado cuidando ambos sectores sin saber si aparecería algún resultado y, aunque no podíamos anticipar lo que sucedería, el cuidado había tenido continuidad. En ocasiones, cuando alguien atraviesa una enfermedad grave o una situación límite, tampoco sabemos cuál será el desenlace ni podemos prometer una recuperación. Sin embargo, aun en medio de esa incertidumbre, podemos acompañar, brindar ayuda y sostener el cuidado, porque no saber cómo terminará una situación no le quita valor a lo que hacemos por los demás.

La esperanza desde la fe

La experiencia también me llevó a reflexionar sobre la esperanza desde mi fe cristiana. Para quienes creemos en Dios, una situación inesperada que nos invita a mirar la vida de otra manera puede adquirir un significado espiritual. En mi caso, aquel pequeño brote me llevó a pensar en la confianza en Dios y en cómo, aun cuando no podemos saber de antemano qué sucederá, siempre hay lugar para la esperanza.

Esto no significa suponer que toda persona que atraviesa una situación difícil necesariamente se recuperará. Significa reconocer que, desde la fe, podemos encontrar motivos para sostener la esperanza incluso cuando no conocemos el desenlace. Esa esperanza no reemplaza la atención médica ni el acompañamiento humano, sino que puede convivir con ellos y darles sentido.

Esta mirada también se vincula con el cuidado de la creación. En Laudato si’, el papa Francisco invita a reconocer el valor de todo lo creado y la responsabilidad humana de cuidarlo. Desde la tradición cristiana, la naturaleza no es solamente una realidad que podemos estudiar y utilizar, sino también una creación que tiene valor y ante la cual tenemos responsabilidades (Francisco, 2015, párrs. 76–80).

En el laboratorio, el cuidado había comenzado como una indicación práctica: continuar regando la pecera para observar qué sucedía. Después, esa acción cotidiana se convirtió en una pregunta más amplia sobre nuestra responsabilidad frente a aquello que está vivo y sobre el valor de acompañar procesos cuyo resultado no podemos asegurar.

Lo que el experimento siguió enseñando

La experiencia había comenzado con el estudio de la lluvia ácida y sus efectos sobre dos pequeños ecosistemas, pero la aparición de aquel brote y la conversación que compartimos con los estudiantes nos llevaron más allá de los contenidos previstos. Sin haberlo planificado, encontramos en lo observado una oportunidad para reflexionar sobre la vida, el cuidado y la esperanza, y descubrimos que, a veces, una experiencia de laboratorio puede enseñarnos algo que no estaba previsto en el programa.

La lluvia ácida era el tema que figuraba en el programa; la resiliencia fue la lección que apareció después (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

Referencias

Francisco. (2015). Carta encíclica Laudato si’: Sobre el cuidado de la casa común. Santa Sede. https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Likens, G. E., & Bormann, F. H. (1974). Acid rain: A serious regional environmental problem. Science, 184(4142), 1176–1179. https://doi.org/10.1126/science.184.4142.1176

Masten, A. S. (2001). Ordinary magic: Resilience processes in development. American Psychologist, 56(3), 227–238. https://doi.org/10.1037/0003-066X.56.3.227

U.S. Environmental Protection Agency. (s. f.). What is acid rain? https://www.epa.gov/acidrain/what-acid-rain