FUNERAL EN LA ALMUDENA*
Carta a Antonio María Róuco, obispo de Madrid
MARI PATXI AYERRA
MADRID.
ECLESALIA, 29/03/04.- Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid y demás autoridades eclesiales:
Como cristiana que he visto en los diferentes telediarios parte del funeral que hoy se ha celebrado en la Catedral de la Almudena, por las víctimas del atentado del 11 de marzo, quisiera hacer un pequeño comentario parcial del acto, ya que he oído algunas palabras de su homilía que me han gustado mucho, pero después solamente he visto la terminación de la eucaristía y la despedida.
Vengo de una reunión de catequesis de padres y ha sido el tema de conversación la gran calidad humana de la familia real, la cercanía y la capacidad de acompañamiento y comunicación que han demostrado hacia todas las personas que estaban allí sufriendo. Por otro lado, a todos nos ha sorprendido verle a vd. parado en el pasillo, agarrado a su báculo sin acercarse lo más mínimo a todas esas personas doloridas que estaban a unos metros de su presencia. Y lo mismo hemos sentido con el resto de celebrantes, tan solemnemente vestidos como lejanamente comportados.
La celebración sonaba a solemne, liturgia en latín, vestiduras principescas, padrenuestro sin darse la mano y sin poder gritarlo en castellano, hoy que era más necesario que nunca, sentir la cercanía de los hermanos y el amor del Padre… (Así me lo ha comentado la esposa de una de las víctimas). Hoy era un momento especial en el que podría haber en ese templo creyentes, ateos y alérgicos. Y por eso había que cuidar especialmente esa celebración para que todos ellos, a los que les sangra el alma, supieran que tienen un Padre que les quiere, que no están solos, que llora con ellos, como ha llorado Madrid, España y el mundo entero, pero que todos sus familiares están disfrutando ya de esa felicidad que proporciona el encuentro con el Padre, de ese sosiego que todos andamos buscando.
Todos esperábamos, confiábamos, que desde la religión partiera ese gesto de hermanamiento interreligioso, intercultural que la cruda realidad nos había ya impuesto con la matanza generalizada sin distinción de razas, religiones, edades y sexos. Esperábamos un gesto ecuménico, conciliador para un mundo que comienza a vivir las religiones como motivo de enfrentamiento, violencia y muerte. Una ceremonia algo compartida por todos los representantes religiosos, que aunara aquello que de verdad importa: la esperanza en que la vida tiene sentido, el amor que nos construye y da vida, y la fe como posibilidad ofrecida para que los caminos no se cierren.
Bueno, no soy quien para decir qué habría que decir en esos momentos pues soy una cristianilla de a pié que apenas sabe nada de estas cosas, sólo que he sentido que haya sido la eucaristía más solemne que cálida, más ceremoniosa que afectiva y las autoridades eclesiales más vestidas con trajes que marcan distancia y poderío que con cercanía y calidez para provocar encuentros con tantas personas como había hoy en la Almudena.
No lo sé explicar bien, pero para mí que hoy los reyes se han bajado del trono a tocar a la gente, a llorar su dolor y a mí, como cristiana, me ha sorprendido que los príncipes de la iglesia no han soltado el báculo, ni la tiara, ni la distancia entre la sacristía y los bancos de la gente…
Mi carta es una osadía, no entiendo nada de protocolos y poco de liturgias, pero sé lo que es celebrar una eucaristía cercana, humanizada con detalles de vida y dando más importancia a los familiares de las víctimas que a las autoridades civiles y eclesiales. Me imagino que si Jesús hubiera estado ahí se las habría ingeniado para crear un clima familiar y, sobre todo de igualdad.
Perdone mi atrevimiento, escribo esta carta por si le da pistas para reflexionar algo para otra ocasión. Que esta Pascua Dios le resucite el brío por ser buena noticia para todos los madrileños y le sugiera el gesto y la palabra oportuna en cada momento. Y mientras, que en su periodo cardenalicio, Dios le lleve siempre en la palma de su mano.
Un saludo, Mari Patxi Ayerra
*24 de marzo de 2004

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