REFLEXIONES Y BALBUCEOS SOBRE “EL MÁS ALLÁ”

O modo de vivir ‘a tope’ la vejez

JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, 02/06/04

LOGROÑO (LA RIOJA)

ECLESALIA, 03/06/04.- “Vivir a tope” es afirmación privativa de jóvenes, se piensa, y sorprende más bien en boca de ancianos, sobre todo cuando se va a hablar del ‘más allá’ de la muerte. Depende de cómo se haya realizado la carrera de la vida. Cuando se ha buscado vivir intensamente (carpe diem), el sprint final tiene posibilidades de recorrerse con brío, no como declive, por más que se acartone la piel, crujan los huesos y se nuble la vista. Lo que no obsta, al contrario, para que se olfatee ya la meta hacia la que se corre como umbral definitivo. Existe una diferencia abismal entre vivir la vejez con mirada apagada de resignación o con paso decidido de plenificación. La vejez goza de las virtudes de una fruta en sazón, otoñal, serena, jugosa, tierna, gratificante. La esperanza le ha ganado la partida al desasosiego, la inquietud o el miedo. La paz interior tiene más fuerza que el deterioro físico. Han permanecido las amistades que no se alimentaban del interés y el mercantilismo. La mirada se torna más tierna que censora. El bien está venciendo al mal y cada día parece más una broma de mal gusto admitir que tal moderado pero indudable gozo naufragará en la frustración. Al contrario, más que aferrarse al consuelo del recuerdo -frágil- que nos dedicarán los vivos nos anima confiar que los asistiremos nosotros siempre con cercana solicitud por más que no funcionen los móviles entre ambas dimensiones. Tal felicidad se puede vivir sin recelo porque se siente como un anticipo. Entonces sí que cobra sentido el encuentro familiar o de amigos en torno a la mesa (la única eucaristía) como anticipo del festín del Reino. El “más acá” vivido a tope da la medida del “más allá”.

Así pues, algo se puede decir del “más allá” cuando se ha tomado en serio el resto de la carrera previa. Laboriosamente en serio: en las primeras etapas, con inevitables pedagogos -a veces embarazosas andaderas y sumisiones sofocantes- ahora ya aligerado el equipaje de es excesivo lastre religioso, con tono de liberación. Se nos había enseñado a desconfiar de la razón y esperar respuestas externas prefabricadas y caídas del cielo. De tal guisa, se mos había distraído del silencio clamoroso de nuestra conciencia, de la “soledad sonora” en la que susurra Dios en lo profundo del ser, desde siempre y a todos. Cuando Pilato preguntó a Jesús por la verdad, de estar presente, la autoridad religiosa hubiera respondido con una algarabía de palabras y definiciones; Jesús, en cambio, como mejor maestro, permaneció en silencio. Con su vida lo había dicho todo. Por mi parte, a ésta prefiero remitirme, pues, en el silencio de mi conciencia, acompañado de tanta gente honesta que ha escuchado el silencio.

Por ello mismo temo cada día más la palabrería sobre todo si se queda en logomaquia. De tal modo que no aventuro sin verdadero pudor estas ya viejas reflexiones, algunas más especulativas de juventud, otras más enjundiosas de la vejez.

Reflexionando desde la razón integral

Para hablar del “más allá” no parto de ninguna afirmación dogmática. Tampoco puedo encerrarme, en plan positivista, en la razón instrumental, en lo empíricamente verificable: nadie ha vuelto a contarnos nada. Pero entiendo que la razón humana ‘integral’, mente y corazón, afincada en los sentidos, no se agota en ellos, permanece abierta y se interesa también por los enigmas del ser pese a que, no siendo éste transparente, el buceo en él no arroje resultados evidentes; es decir, sin ser ‘universalizables’ apodícticamente, tampoco son rechazables y menos indignos de consideración. Pertenecen a ese ámbito de explicación sensata y coherente de las cosas que no constriñe a la afirmación aunque serena la búsqueda y libera el espíritu para la acción.

De qué se trata

Se trata de una tesis muy limitada: es razonable apostar por la permanencia del ser humano más allá de la muerte (tal vez, precisamente a causa de ella); no de la creencia popular tradicional en un retorno a la vida o revivificación del cuerpo, ni ahora ni al final de la historia. Esto sí que choca no sólo con toda verificación empírica, sino con lo sensatamente razonable e incluso con la teología actual no integrista. Dicho de otro modo, sólo afirmamos que, pese a la muerte, la persona como tal no tiene porqué quedar abocada a la inexistencia y que parece más razonable que sea indestructible. La que en la tradición judía tardía y posterior cristiana se ha denominado ‘resurrección’ no es un retorno a la vida entre los vivos, ni un don milagroso y sobrenatural después de la muerte, ni es algo nuevo y específico sólo debido a la resurrección de Jesús. Para el cristiano, ésta no fue un hecho nuevo en la historia y, menos aún, empíricamente constatado en el sepulcro vacío o las apariciones. Pero en la medida en que fue vivida por los discípulos como experiencia interior fuerte, como relectura liberadora del itinerario y fracaso final de Jesús, puede constituir para otros una experiencia recuperable, dadora de sentido y esperanza. Pero no adelantemos etapas. Entiendo, pues, como afirmación razonable que, pese a la muerte la persona es indestructible y pervive de modo plenificado. No sin embargo conforme a la secuencia tradicional: muere lo físico, se libera el alma y se separa y, al final de los tiempos, volvemos todos a recuperar el cuerpo vuelto a la vida. Entiendo antes bien la muerte como enigmática metamorfosis de lo orgánico en lo espiritual, en el mismo instante en que aquella adviene.

La apertura a un mayor sentido.

Esta perspectiva, diferente de la tradicional del imaginario cristiano, responde, a mi entender, a un porqué más inteligible, de mayor sentido y coherente con una razón abarcadora e integral, en lo personal y en lo histórico. De mayor sentido que su negación, aunque ésta parezca avalada por la experiencia sensible. Para ésta todos morimos y no existe ninguna evidencia de que permanecemos después de la muerte, salvo en el recuerdo y las consecuencias de nuestra actividad. Pero tampoco prevalece la evidencia de lo contrario. Más bien, en una comprensión holística del ser humano y de la historia, parece haber mejores razones y mayor sentido y coherencia en la supervivencia de la persona que en su desaparición total.

¿Dónde encontramos ese mayor sentido?

Pienso que existe un dato histórico: todas las culturas lo dan por bueno al actuar con sus difuntos en conformidad con la convicción, o la confianza al menos, de algún modo de permanencia después de la muerte. Hasta la propia tradición hebrea, más ‘materialista’ que sus coetáneas, alcanzó aunque muy tarde (tiempo de los Macabeos) la esperanza de la resurrección. Antes creían en una cierta pervivencia oscura y difusa (el sheol).

Sin duda, tal convicción es un hecho constatable aunque, pudiendo ser ilusoria, no alcanza la categoría de prueba. Podía simplemente significar una finta del instinto vital exagerado, simple repugnancia a lo inexorable de la muerte. Ahora bien, de eso precisamente se trata, de indagar si tal no resignarse a la muerte es pura aspiración ilusoria o si, al contrario, traduce algún mecanismo estructural profundo del ser inteligente ¿Es simple y pura quimera o más bien la manifestación de una necesidad innata de sentido? ¿Algo denotativo y específico del ser inteligente?

Anhelo universal e irreprimible de felicidad.

En este punto es precisamente donde, en los tanteos de las culturas acerca de lo que ocurre después de la muerte, muchos pensadores han detectado una aspiración, un anhelo del ser humano; deseo con frecuencia adormecido aunque jamás superado por cualquier racionalidad, por ser constitutivo de la felicidad perseguida en su plenitud. Un deseo tan hondo que su frustración parece atentar a la misma configuración radical del ser y a las condiciones de su inteligibilidad. En este ámbito es donde reaparece una y otra vez, insoslayable, la pregunta tenaz de la mente por un ‘mayor sentido’: si el ser humano (o la historia) desaparecerán un día y se sumirán en la nada, ¿no parece una contradicción de la naturaleza, un fraude existencial el hecho -no explicable sólo por la cultura- de albergar una ansia irreprimible de supervivencia? ¿no se da mayor sentido en su satisfacción que en su frustración? El argumento, que J. A. Marina opone a González Faus contra la valoración supuestamente engañosa que éste hace de tal deseo, a mi entender yerra manifiestamente el tiro. Marina arguye: la sed no demuestra la existencia de la fuente. De acuerdo, pero un organismo, compuesto casi enteramente de agua y que nunca pudiera saciar su sed por no existir el agua constituiría una contradicción. Estaría tan mal diseñado como un motor de explosión para el que no existiera carburante alguno. El argumento se vuelve en contra del insigne filósofo que es J.A. Marina: es precisamente la existencia de carburante lo que explica un semejante motor. Es Dios, reverso oculto del ‘más allá’, quien no puede hacer emerger dentro de la evolución cósmica (sería una contradicción, si bien se analiza) una mente inteligente y libre que no esté abierta por su esencia a la infinitud del deseo. Dios y ‘el más allá’ entran dentro del mismo paquete de la pregunta existencial por la trascendencia. Se aceptan o se rechazan juntos. (Más a la raíz de la tensión del deseo habría que remontarse a la dinámica de la evolución: ¿puro azar o finalismo? ¿ciego determinismo o ‘mente’ ordenadora (Alfred R. Wallace versus Darwin, Bateson versus Monod)?)

Lo que sí importa subrayar es que tal ‘deseo innato’ no es igualmente perceptible en todos los casos: aparte de que se manifiesta de muy diversas maneras, lo hace con acentos más o menos acusados en cada psicología humana concreta. La conciencia es enormemente modulable: puede arrastrarse por el suelo de lo trivial, obturar su horizonte y limitarlo a lo estrictamente empírico o bien afinarse abriéndose a perspectivas altamente altruistas y espirituales. La conciencia orienta el comportamiento y las opciones de vida pero, a su vez, éstos la condicionan. Así, por ejemplo, no cabe duda que el consumismo, el afán de lucro o la ambición ciegan otras muy diversas modulaciones de la vivencia.

¿Apuesta, pues, por el sentido o por el absurdo?

¿Se puede afinar más en el porqué coherente del ‘más allá’? Opino afirmativamente, aunque sean variaciones de la misma melodía.

La muerte es la experiencia bruta de la finitud; la supervivencia sería la apertura a la trascendencia. Finitud y trascendencia serían los dos extremos de la paradoja de la realidad y traducirían el modo dialéctico que parece exigir la realidad para ser más bien inteligible y coherente que opaca y sin sentido: siempre aspiramos a algo más allá de lo que alcanzamos en la inmediatez. Lo limitado y finito está preñado de deseos y posibilidades de infinito. Sería achatar y reducir la realidad suprimiendo uno de los dos polos que mantienen la dialéctica en tensión.

Otra variante en la que se acrecienta el absurdo frente a la aceptación del sentido es la estridencia intolerable del dolor de las víctimas. Por supuesto que de la mayor parte de las víctimas somos nosotros responsables y sería puro cinismo y abyecta insensibilidad delegar en otros o en Dios, aquí o en el más allá, nuestra responsabilidad. Los agnósticos humanistas sí que dan ejemplo en esto a tantos creyentes perversamente narcotizados (el famoso ‘opio del pueblo’). Pero nuestra incuria irresponsable recae ante todo sobre nosotros mismos porque no puede afectar, de modo irreversible, a los millones de inocentes, víctimas irredentas caídas en la cuneta de la historia ¿No es el mayor de los absurdos pensar que el verdugo triunfará finalmente y de forma tan universal sobre las víctimas? Precisamente porque un ‘más allá’ beatífico sin un ‘más acá’ laboriosamente samaritano es repugnante cinismo, éste último no tolera quedar suplantado por aquel. El ‘más allá’ es sólo despliegue del quehacer histórico y, en cualquier eventualidad, su recuperación y sanación.

Toda esta argumentación responde a una constante de la naturaleza humana inteligente, la búsqueda de sentido. ¿Es posible avanzar algo más en la comprensión del más allá? ¿Se puede dar algún paso ulterior en la resolución de la aporía entre la muerte como hecho ineluctable y alguna supervivencia del ser? Aquí es donde tal vez aparecen más preguntas que respuestas. Pero merece la pena intentarlo. Pidiendo disculpas por la osadía lo haré desde dos ángulos, una lectura sensata del caso Jesús (entre otros) y una reflexión sobre la paradójica vivencia de la vejez.

Cómo la muerte no es meta sino umbral

¿Es la muerte la última palabra de la vida? Cada persona, cada religión ha articulado en un determinado imaginario religioso la expresión de su esperanza en un futuro superador de la finitud y, al parecer, necesitado de trascendencia. El “más allá” es la otra cara del salto a la trascendencia de Dios, pero una transcendencia/inmanencia, un Dios-para-nosotros, sentido último de nuestro peregrinar, reverso del cosmos y su cálido útero nutricio (ver mi art. “La Diosa-Madre o el útero tibio del cosmos”, inédito).

Todas las culturas y/o religiones tienen sus buenos maestros. Para los creyentes cristianos uno de los grandes reveladores del sentido de la historia, personal y colectiva, y por lo mismo revelador de Dios, es Jesús de Nazaret. A Dios no lo podemos conocer en sí mismo: todo lo que digamos más allá de la afirmación de ‘lo que no es’ es huera especulación. De Dios sólo se puede decir ‘lo-que-es-para-alguien’ y, en este ámbito, Jesús ha sido y es como un espejo-de-Dios-para muchos y, en virtud de ello, un manifestador de sentido en la historia. Jesús descubre cómo vive a Dios cuando le trata como “papá” (‘abba’, ¡algo inaudito!), el suyo y el de todos (“mi padre y vuestro padre”) y cómo es justamente esto lo que le empuja a apostar hasta dejarse la piel a favor de los que no cuentan, los huérfanos, los marginados, los pecadores, los vencidos, los pobres. Finalmente Jesús de Nazaret manifiesta la mejor forma de vivir a Dios cuando, mediante nuestro seguimiento de esa su opción de vida, emerge en la historia un poco más de sentido, de alegría y de esperanza y, sobre todo, la urgencia de una apuesta samaritana fuerte. Al cristiano le basta esto que es lo único importante. El resto, teología, liturgias, instituciones, poderes sagrados… más vale mantenerlos a raya y desconfiar, no sea que perturben y desplacen lo único importante. No sirven más que en la estricta medida en que en todo ello se trasparenta la vivencia diaria de la experiencia de Jesús a la que el cristiano suele traicionar demasiado ¿Hemos caído en la cuenta realmente quienes nos pretendemos cristianos de en qué medida el hecho Jesús iluminó la historia y hoy ayuda a interpretarla como preñada de sentido?

El sentido de la “resurrección” de Jesús

ECLESALIA, 04/06/04.-El contenido del ‘más allá’ cristiano se suele vincular a la resurrección de Jesús. Lo acepto aunque no la forma de interpretado: se ha presentado la resurrección de Jesús como el gran milagro apologético, inaccesible a la razón, que avala su mensaje, su vida, el resto de los misterios tradicionales e introduce en el proceso histórico la posibilidad de nuestra resurrección. No es tal mi perspectiva. La resurrección de los seres humanos no es un don añadido a su naturaleza de forma extrinsecista y sobrenatural. Existiría aunque no se hubiera dado el hecho Jesús. Lo que éste aporta es la relectura que de él hicieron quienes le acompañaron, es decir, el plus de sentido de la vida y de la muerte que ellos descubrieron. Ahora bien, este plus de sentido no responde a una nueva y especial revelación sobrenatural desde las afueras de la historia sino a un ‘hallazgo’ de los discípulos por haber vivido tan intensamente la experiencia de Jesús. Un hallazgo como tantos otros de muchos maestros espirituales debidos al progreso y afinamiento de la conciencia humana. La resurrección de Jesús no es, pues, un hecho histórico, iniciador de todas las demás supervivencias del ser humano, conocido por revelación; no es propiamente un nuevo objeto de fe añadido al salto a la trascendencia o aceptación comprometida de Dios al que todo ser humano tiene acceso mediante la simple (¿simple?) fidelidad a la conciencia.

Así, pues, el cristianismo no arranca de una revelación especial de Dios -en el sentido tradicional en que se ha entendido- sino de la experiencia ‘de tejas abajo’ de unas personas, Jesús y sus discípulos. Que no arranque de un hecho revelador extraordinario no impide que la experiencia inicial cristiana constituya una de las mayores contribuciones al progreso humano y que, por ello mismo, sus desviaciones hinstóricas representen una de las más vergonzosas traiciones a la utopía: “corruptio optimi pessima”. Si en algo -en mucho- nos puede servir el cristianismo es en la medida del redescubrimiento de sus orígenes, concretamente de la experiencia interior de la resurrección de Jesús tal como la vivieron sus discípulos.

El impacto de la convivencia con Jesús de aquellos amigos suyos está suficientemente afirmado aunque, tal vez, no siempre ‘saboreado’. La rutinaria repetición de los textos del Nuevo Testamento ha acabado arrebatándoles su mordiente, banalizándolos. En ellos, superada la lejanía de su lenguaje, es posible descubrir una de las cimas más geniales de la historia. Sin duda, no es suficiente la mera crítica científica de los textos. El acceso a experiencias y vivencias humanas fuertes sólo es posible a quien sintoniza con su contenido. En definitiva, sólo el corazón alcanza la hondura de las cosas, se ha dicho. El amor en el marco del silencio contemplativo.

Los discípulos vivieron junto a Jesús de Nazaret una experiencia inaudita. Aquel maestro espiritual habló y actuó con una genialidad desconcertante, sublime: “su paso consistió en hacer el bien” ,“nadie habló como este hombre”, “tú sólo tienes palabras decisivas (de vida eterna)”, …La búsqueda de sentido había llevado a los hebreos, tan golpeados por el sufrimiento y el fracaso repetido, a concretarla en la esperanza de la salvación de Dios. Sentido soteriológico que es muy universal en el devenir histórico. Los discípulos, en ese contexto, no pudieron por menos de quedar deslumbrados y cautivados por el enfoque que Jesús daba a la realidad más pobre y desvalida, la que les afectaba a ellos y a cuantos más carentes vivían de reconocimiento grupal y de esperanza de futuro. Su reacción por la supervivencia amenazada pudo asemejarse a la que hoy experimentamos algunas personas y grupos al caer en la cuenta del desastre mundial que nos lleva al cataclismo. Aquellos hombres y mujeres sencillos, al convivir tan estrechamente con un maestro fascinante y prometedor, despertaron de su letargo y surgió en su corazón un grito potente: “¡otro mundo es posible!”. A este mundo posible lo llamaron “Reino de Dios”, expresión hoy tan manoseada y devaluada entre cristianos. Jesús les decía cosas que les sonaba a pura utopía pero ¡tan entusiasmante!: “el reino está en medio de vosotros, lo tenéis en vuestras manos”. Sólo la inspiración de un gran poeta épico y lírico podría expresar el torrente de esperanza que se abría paso en aquellos seres humildes y marginados.

 Pero…de pronto todo se viene abajo. A Jesús lo ajustician como a un vulgar criminal. Salta en pedazos la perspectiva de la “buena noticia de liberación aportada a los pobres”…Tan cruel es su desolación que ocultan su blasfemia interior poniéndola en los mismos labios de Jesús: “Padre ¿por qué me has abandonado?”. Ese Padre -Yahvé temible en el pasado- del que habló Jesús a sus atónitos oídos “Mi Padre y vuestro Padre…” se ha desentendido, ha traicionado sus promesas, los ha dejado huérfanos. Duro debe ser para un pobre ser humano experimentar tal sensación de fracaso total y definitivo. Todo ha terminado. “Nos sperabamus…” pero ya no, se acabó. Ante esa realidad, la alternativa era clara: o bien la desesperación (el ‘ahorcamiento’) porque ni Elías (atención al dato: ¡un resucitado!) ni Dios habían acudido en su ayuda, o bien se inicia un lento y casi imposible proceso humano de recuperación de la esperanza, “maranatha” (“ven, Señor Jesús”) que parece ser (Schillebeecks) el punto de arranque de la percepción del Jesús postpascual. La solución de la alternativa dependía del vigor y hondura del impacto que en sus espíritus había producido la experiencia anterior junto a Jesús vivo. Prevaleció ésta. Y fue cobrando densidad la conciencia de que la muerte no era la última palabra de la vida del maestro. Que si le habían quitado la vida sin llevar a término su tarea de liberar a los pobres era inevitable que tuviera que volver porque Dios es fiel a su promesa. Sin ello se quebraba el sentido de toda existencia. Ya sabemos la historia posterior: como eran duros de mollera, se extraviaron por la senda del espiritualismo y la ‘apoliticidad’ (¡tentación constante!) a la espera perezosa del fin de la historia que, como el mismo Jesús, creían próximo. Tardaron décadas en caer en la cuenta de que la llegada del Reino, de ese otro mundo posible, era tarea pendiente que les había sido encomendada. Y en esta tarea se sintieron acompañados por un Jesús vivo, superador de la muerte, mediante la fuerza de su espíritu, como veremos en el apartado siguiente. Todo lo demás, el poético período de las apariciones, es lenguaje literario, intento de expresar la indecible experiencia interior. A muchos nos parece que la vivencia de los seguidores del maestro, consignada por escrito, sin ser única constituye una de las más vigorosas interpretaciones del sentido de la realidad y de su caminar histórico. En vivirla por nuestra cuenta consiste el ser cristiano hoy, en eso y en nada más. El cortejo de interpretaciones, celebraciones y modos organizativos pertenece a nuestra necesidad expresiva y comunicativa. Pero es modificable conforme a los tiempos y culturas. Y siempre hay que estar atentos a no caer en la trampa de que pervierta y devore la vivencia del mensaje de Jesús.

Dar la vida para encontrarla

No abandonamos la paradoja. En el punto culminante del fracaso de Jesús, su muerte, los discípulos descubrieron el sentido de la historia y la esperanza para siempre. Como si fuera preciso perder la vida para encontrarla (algo muy evangélico…y budista) Tengo la impresión de que algo semejante se reproduce en nuestro vivir cotidiano y deviene más luminoso aún en la etapa final de la vejez que, paradójicamente, puede constituir el momento de realizar las cosas realmente importantes.

A primera vista, nuestra biografía muy pronto se transforma en la historia de un declive. La primera señal de alarma ocurrió en la ‘crisis de la mitad de la vida’ (aquel ‘demonio meridiano’) cuando de repente constatamos la enjuta realización de tantas cosas grandes soñadas. De desencanto en desencanto descubrimos que se nos ha ido la vida con el pronto desfallecer de nuestras fuerzas. Hasta que se nos asigna un sillón en el rincón de la estancia para no estorbar a los nuevos protagonistas. La reacción en muchos es de malhumor, crispación o de estoica resignación no exenta de grandeza pero vacía de alegría. Probablemente se erró el camino a la hora de identificar la felicidad.

Por fortuna, no escasean viejos felices. Siempre me sedujo la expresión de serenidad y ternura en el rostro apergaminado de Charles de Foucauld o, en nuestros días, el paso tambaleante de un J.M. Díez Alegría, lúcido, alegre y un poco zumbón, con las maletas siempre preparadas.

Estoy diciendo que no es imposible detectar, a poco que se piense, la paradójica presencia de dos vectores divergentes en la corta vida de la persona. La entusiasta flecha vital del joven no tarda en inflexionar su trayectoria para apuntar irremediablemente al suelo. Es la parábola descrita por lo orgánico, lo físico. Al mismo tiempo, otra flecha parece manifestar posibilidades de continua ascensión. Quien elude el desencanto y la frustración pero, aunque consciente del próximo final no lo vive en mohína resignación, percibe un afinamiento interior, una sana espiritualización, un apaciguamiento de la mente, el gozo creciente de quien ha dado con la auténtica felicidad ¿Quién tiene la última palabra en la biografía humana, la sima de la nada o la vida para siempre? Si es el retorno al cosmos inorgánico, el rostro apacible y esperanzado de un Foucauld sería la expresión de una ilusa quimera ¿Dónde encuentra el corazón humano un plus de sentido? Por supuesto, ninguna evidencia existe a favor de un caso o de otro. Por ello la apuesta por el sentido o por el absurdo no es conocimiento sino decisión ¿Cuál parece más razonable? En el peor de los casos, si todo desembocara en el vacío, me convencen las palabras del doctor Vallejo-Nájera ante la posibilidad de la nada total: “que me quiten lo bailado…”.

Es razonable y saludable apostar por la flecha ascendente del sereno afinamiento del espíritu cuya trayectoria no se va a interrumpir absurdamente ¿Por qué lo espiritual conquistado ha de entrañar menor densidad de futuro que lo orgánico impuesto?

Con estas reflexiones no es preciso encerrarse en la clásica dualidad de cuerpo y alma como componentes separables de la persona, separados de hecho en la muerte, con la pretendida ‘revivificación’ milagrosa, el día final, de un cuerpo reducido a cenizas en la tumba o en el crematorio. El compuesto físico-químico del cuerpo de Jesús quedó definitivamente en el sepulcro, o en la fosa común de los ajusticiados. Varios teólogos lo aceptan ya.

Con ello, no obstante, no parece poderse superar por completo una cierta dualidad materia-mente o materia-espíritu que parece inherente a la interpretación de la evolución cósmica y motor último de ella. La paradoja en el ser humano de un declive orgánico junto a una plenificación ‘espiritual’ nos estaría sugiriendo, tal vez, que la portentosa aventura de la mente, conocimiento y libertad, es al mismo tiempo cumbre del devenir cósmico material y punto de arranque de la construcción plenificante final. Resulta escasamente inteligible reducir el vector ascendente espiritual al simple juego azaroso de las neuronas. La dialéctica entre neuronas y espíritu es irreductible a la unidad total y por ello permanecerá siempre. No tiene por qué resolverse con la desaparición de uno de ambos polos, la materia o el espíritu pero tampoco mantenerse en una perpetua inestabilidad y pugna. También aquí se verificaría que la dialéctica entre tesis y antítesis no se resolvería en la desaparición de una de ellas sino en su convergencia en una síntesis superadora. Parece que la evolución cósmica, desde una perspectiva holística, ha recorrido un complejo devenir hacia la ‘espiritualización’ (a no confundir con su concepción clásica). El punto inicial fue, en el big bang, la materia o la energía (que nos corrijan los físicos). Al cabo de un proceso de miles de millones de años comienzan a emerger los rudimentos de lo vital hasta desembocar en la hominización. A primera vista la secuencia materia-vida-mente indica una prioridad temporal ¿Lo es también óntica? ¿Se explica lo más, la mente, por lo menos, la materia? A primera vista lo parecería. Por idéntica razón (el no-intervencionismo divino) que la vida se explica cabalmente desde la materia sin ninguna intervención creadora de Dios, emergería la actividad espiritual desde lo orgánico en el proceso de hominización. Ninguna dificultad en que todo es un proceso intracósmico. Ahora bien, la necesidad de una mayor inteligibilidad nos lleva a la pregunta decisiva: la evolución desde lo menos, la materia, hasta lo más, la mente ¿se realiza por la virtud y fuerza intrínsecas de la materia o, más bien, en virtud de la acción inherente a su ser, desde el inicio, de un germen espiritual, llámesele teleonomía (Monod), finalismo o ‘mente’ ordenadora…? La respuesta puede ser de talante ‘materialista’ -todo se reduce estrictamente a materia- o ‘espiritualista’ -lo material está intrínsecamente habitado por lo espiritual que es la causa última de su evolución. Nos encontramos de nuevo ante la no-evidencia y la posibilidad de apuesta por un mayor sentido. Es la nuestra: no parece que lo más perfecto se explique adecuadamente por lo imperfecto. Parece más inteligible que “lo espiritual” -sin mayor explicitación- anida germinalmente en la realidad de todo ser y fecunda su despliegue. La magna cosmovisión de Teilhard de Chardin, en sus lineas generales, es coherente y razonable.

Esto supuesto ¿cómo se entendería la mencionada dialéctica de tesis-antítesis-síntesis en la evolución cósmica? Aventuro modestamente un posible hilo conductor. Por la presencia de la ley universal de una finalidad inherente al cosmos o teleonomía (o ‘espiritual’ ordenador) éste va impregnando lo material y acercándolo a él. Desde la materia preñada siempre de espíritu, en la hominización logra emerger éste con vigor. Mas no para distanciarse de la materia, negarla u oponerse a ella (espiritualismo), sino para ir integrándola y conduciéndola a la plenitud de su potencialidad. En el ser humano concreto lo espiritual conduce al ser a la lozanía de la juventud física pero no se anega en ello; la verdadera madurez de lo humano llega paradójicamente después y culmina en la vejez…y la muerte física. Lo espiritual se revela en lo corporal pero, como vector de mayor vigor, lo va integrando poco a poco y espiritualizándolo.

Es como si se produjese un trasvase de energía, a medida que el cuerpo declina, de él hacia su dimensión espiritual. Éste no conoce su plenitud mientras no se hace totalmente cargo de lo orgánico. Este no se reduce enteramente a sus células, que por lo demás desaparecen en su materialidad cada algunos años. Sin embargo se mantiene una identidad: es el mismo cuerpo de la misma persona cuando nace o cuando muere. Cuando esto último ocurre su estructura celular última desaparece para siempre. Pero su identidad profunda ha quedado finalmente asumida por lo espiritual. Y la ‘síntesis’ obtenida queda lograda, potenciada, plenificada en Dios, el ‘más allá’, Alfa y Omega del ser humano. A esto llamaríamos Resurrección, en el caso de Jesús y en el nuestro, al quedar en el mismo momento del tránsito final constituidos plenamente Hijos a la derecha del Padre (carta a los Romanos), cada cual conforme a su biografía.

 Sería la síntesis de la paradoja vital: perder la vida para ganarla. De ella Jesús explicitó el sentido hondo: dar la vida, de golpe o gota a gota, por los más necesitados. Creyentes o agnósticos, ahí la encontramos todos. La perspectiva final, el final de los tiempos, ‘el más allá’, el Omega de la historia consistiría en una plenificación del cosmos devenido espíritu en Dios.(A propósito del ser humano resucitado Pablo de Tarso habló de ‘cuerpo espiritual’; lo mismo valdría decir ‘espíritu corpóreo’).

Puede parecer muy aventurada la presente reflexión pero llega obligada por la opacidad misteriosa del ser y nuestra necesidad de una más cabal ininteligibilidad.