EL JESÚS DE MI FE

JORGE BISBE I FÁBREGAS, profesor jubilado de filosofía; Jorge@bisbejazztel.es

Leyendo a Pope Godoy

ECLESALIA, 22/12/04.- Leyendo a Pope Godoy*, advierto que nunca comprendí a Jesús. Ese juego de dos naturalezas, una divina y otra humana, y un sola persona, divina, esa complejidad inabarcable me alejó siempre del HOMBRE. Repetir lo de “Jesús verdadero hombre” no clarifica la complejidad manifestada. La primera consecuencia fue mi incapacidad de consolarle. Junto con ver la imposibilidad de que El sufriera. “Yo, un hombre limitado, consolar a todo un Dios, infinito, parece una burla”. De este modo se me derrumbó aquella devoción al Corazón de Jesús. Como algo incongruente. No puedo compadecer, sufrir solidario con quien lo sabe todo, lo prevé todo, lo puede todo, goza de la contemplación divina. Yo lo necesito a El todos los días y a cada hora, pero ¿qué necesidad tiene El de mí y de mi compasión?

Por eso yo tampoco comprendía la Pasión de Jesús. Cómo, siendo Dios, podía sufrir, aunque quisiera. Cómo, el Padre, tan Dios como El, podía haberlo entregado, por todos nosotros, a esa pasión. Ese desgarro en el seno del mismo Dios me era absurdo. Yo oía aquel grito “DIOS MÍO ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?” Se siente entregado por el Dios del Antiguo Testamento, implacable, necesitado de expiación y de castigo. Y, a continuación, la total entrega filial al Dios del Nuevo Testamento : “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Durante años, muchos, no he podido deshacer ese nudo. Otros, sin duda, lo hicieron. Pero no me enseñaron el camino. Pope Godoy -mi amigo, mi compa- me abre el camino. Me da una respuesta a mi interpelación. Me desbloquea la imposibilidad de mi trato con El. Afirma taxativo: JESUS ES VERDADERO HOMBRE. El se llama a sí mismo, 98 veces, “Hijo del hombre”, frente a 38 veces “Hijo de Dios”. Sino fuera hombre, hombre, con intrínseca realidad humana, –no asumido por la 2ª Persona Trinitaria- hubiera sido un muñeco, y su vida y pasión una representación teatral.

Todos, a lo largo de la vida, maduramos, nos desarrollamos como personas, adquiriendo los valores humanos –tributando y reconociendo en los otros los Derechos HUMANOS. También Jesús, el Cristo, el enviado, tras una vida y pasión de “Hijo del hombre” fue constituido, en plena fuerza “Hijo de Dios”. Se fue haciendo “Hijo de Dios” a lo largo de su vida. Ese es su mensaje de Salvador. Su ejemplo es llegar a hijos de Dios.

Aquí se me ocurre otra consecuencia. Tras olvidar lo del “pecado original” el Cristo, como Redentor, pierde alguna fuerza. Pero adquiere todo su valor como Salvador del hombre, del sometimiento del intelecto a la animalidad y del pecado de explotación y utilización como medio, del hombre.

Leyendo a Godoy reconozco y agradezco que me ha devuelto el Hermano Jesús. En todo igual a mí, menos en el pecado. Limitado como yo. Empavorecido como yo. Rebosando dudas, más que yo. Sufriente mucho más que yo. Buscar la comprensión y abundar en el “JESUS DE MI FE” acrecienta MI FE EN JESÚS. ¡Gracias, Hermanos Jesús y Pope!

El proyecto de Dios

Sigo leyendo a Godoy. El prólogo del Evangelio de Juan, recién traducido, dice: “Al principio ya existía EL PROYECTO, y el Proyecto se dirigía, interpelaba a Dios, y un ser divino era el Proyecto…” En ese Proyecto ya estábamos todos los hermanos. Veamos qué cosa sea el proyecto, para quién y cómo.

Interpreta Juan que el Proyecto de Dios es la vida. Vida con mayúscula y personal, colectiva, planetaria. Abarca desde la vida biológica, hasta la calidades sublimes que desarrolla el humano al ganar sensibilidad: paz, alegría, felicidad, comunicación humana, bienestar, ternura, armonía con la naturaleza…

La Vida es la luz de los hombres. El criterio ético es la vida y cuanto la crea, protege, favorece y fomenta. Están netamente contra el Proyecto, el hambre, la marginación, la incultura, la exclusión, la guerra, la persecución, la pena de muerte…

La vida, como la luz, brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado. Nos rodean las tinieblas que matan la vida: guerra, infelicidad, abusos, marginación… La firme esperanza es esa LUZ, no apagada por ninguna tiniebla. Por eso el Obispo Casaldiga afirma: “Somos soldados derrotados de una causa invencible”. Aunque personalmente derrotados, la causa –la salvación del hombre- es invencible. Los hijos de la luz, aunque más cándidos, triunfarán porque nuestro jefe resucitó y fue sentado a la derecha del Padre.

Quienes aceptan el Proyecto se van haciendo hijos de Dios. La filiación divina está a nuestro alcance. Lentamente y con esfuerzo. ¡Una esperanza en que creer! No es imprescindible conocer el Proyecto. Porque la Ley de la Vida –la ley moral con la que Dios se nos aparece- está inscrita en lo más íntimo de nuestra intimidad. La consecución de la filiación divina, como causa final-ejemplar, moviliza y orienta todas las fuerzas. Cuantos, también increyentes, aceptan el Proyecto y luchan por la Vida –con mayúsculas-, serán llamados hijos de Dios. Imitan a Dios al crear Vida y de calidad, con amor, alegría, confianza, ESPERANZA. Esos han nacido de Dios.

El Proyecto se hizo hombre. Llegamos al hombre que encarna el Proyecto. Dice Juan: El proyecto se hizo carne. Frágil pero realidad visible, palpable, verificable… Y este hombre “se fue haciendo HIJO DE DIOS por su alta calidad de vida”. También cada uno de nosotros podrá hacerse hijo de Dios.

La categoría ética de Jesús profundiza la dimensión humana: su apuesta a favor de las víctimas, excluidas y marginadas por la sociedad y la religión. Son los Derechos Humanos: debidos a todo hombre, simplemente por ser hombre. No por su historia personal, ni por sus valores, ni por su jerarquía. La Iglesia jerárquica tardó siglos en adaptar su moral a los “Derechos humanos”. El Evangelio no fue suficiente. Hizo falta la presión social tras la Revolución francesa y las sucesivas revoluciones, hasta el Concilio Vaticano II.

Ese Hombre, Hijo de Dios, es Cristo, el Enviado, la Manifestación, el reflejo, de un Dios amoroso y cercano, cuyo poder es el amor. El JESUS DE NUESTRA FE.

*»MI FE EN JESÚS Y EL JESÚS DE MI FE». Publicado en la revista Tiempo de Hablar Nº 97, 2º trimestre 2004; enviado por Eclesalia los días 14 y 15 de julio de 2004.