NO AGOBIEN AL JEFE
“Érase una vez”… una historia real como la vida misma
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.

ECLESALIA, 07/07/11.- Dos toques rápidos con los nudillos y abrió la puerta con decisión. La persona que estaba tras la mesa del despacho alzó la vista con ojos sorprendidos; la que entraba leyó instantáneamente un cártel que colgaba de la pared: “Se ruega no agobien al JEFE con sus problemas personales”. Sin mediar palabra salió y siguió rumiando la manera de poder pagar ese mes la guardería de su hijo. Llevaba dos meses sin cobrar su sueldo.

Atravesó los controles de seguridad y esperó leyendo las “ventajas” financieras y de inversión que proponía la entidad en la publicidad de un expositor. Cuando le tocó el turno solicitó revisión de su hipoteca (la que acabaría pagando su hijo, el de la guardería). El empleado bancario, con mirada cansada y triste, señaló escuetamente el cartel colgado en la pared de la derecha: “Se ruega no agobien a los BANQUEROS con sus problemas personales”. Dio media vuelta, atravesó la puerta de seguridad de la oficina y recogió sus “objetos metálicos depositados en el cajetín de la entrada”. Siguió rumiando la forma de poder atender el próximo pago de la hipoteca, sin olvidar que ya tenía los dos anteriores pendientes.

Se dirigió a un organismo oficial para pedir audiencia y exponer otra problemática que le quitaba el sueño. Pasó los controles habituales –tipo aeropuerto-, llegó al mostrador, le indicaron que subiera al último piso y preguntara a la secretaria, que con mirada cansada y ojos de tristeza, le señaló un cartel colgado en una elegante puerta de madera bien barnizada que indicaba: “Se ruega no agobien a los POLÍTICOS con sus problemas personales”. De nuevo media vuelta y a seguir rumiando como atender a su suegra, enferma y con problemas de movilidad, sin ayuda social. Dudando mucho de que, dicha ayuda, llegara a tiempo tras los farragosos trámites y la previsión de espera que le anunciaron cuando la solicitó.

Deambulando por la ciudad intentando despejar el agitado cocktail de problemas de su cabeza, pasó al lado de una gran iglesia. Optó por entrar e intentar serenar su ánimo en aquel recinto. Pero había mucha gente: unos miraban con cara de turistas; otros colocaban cordones de separación para algún acto oficial que previsiblemente se iba a celebrar en breve; algunos más colocaban carteles con tres iniciales que no sabía qué significaban, pero que había visto antes en un anuncio del supermercado. Sintió que no era su sitio y, dando media vuelta, salió a la calle. Quería llegar cuanto antes a casa.

En el trayecto en metro, el sueño se hizo presente por unos instantes. Recordó que había visto como vendedores y mercaderes eran expulsados de un edificio por un hombre con un látigo rudimentario en la mano, al tiempo que gritaba: “Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado” (Jn, 14-16). Recordó también que su ropa y sus manos tenían suciedad y algunas manchas como cuando se ha hecho un costoso trabajo físico. Volvió a oír su voz que decía: “Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt, 11,28).Una profunda paz inundó su corazón y serenó su cabeza.

Entró sonriente en casa. Los problemas eran los mismos, estaban por solucionar, pero había cambiado su actitud ante ellos. Se había enderezado. Había comprendido.

Jesús y la humanidad entera son el Templo, la Casa del Padre. La injusticia convierte al mundo en un gran mercado bursátil donde se comenten grandes delitos financieros que afectan a la vida de todos, especialmente la de los más débiles. Hay que ponerse en marcha y juntarse para ayudar a que tanto despropósito no se extienda y llegue a convertirse en crónico. Esto exigirá un cambio real de vida orientado hacia la sencillez, cosa que produce agobio a “jefes”, banqueros y políticos, y a los que se dejan camelar por unos y por otros.

Jesús es modelo de este cambio orientado hacia otra forma de vivir y con él una multitud de personas que lucharon y siguen luchando por un mundo mejor y más justo: El que Dios quiere para todos sus hijos.