JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).
ECLESALIA, 22/03/05.- En esta ocasión, y respetando a los no creyentes, quisiera hacer una exégesis de lo que ha de significar para un cristiano las palabras de Jesús: “Me voy y vengo” (Juan 16). En el capítulo 17 de San Juan, denominado Oración Sacerdotal, Jesús pide al Padre por sí mismo, por los apóstoles y por los que en el futuro irían a creer en Él Es aquí donde Jesús pidió al Padre por nosotros. Ya desde entonces nos tuvo en cuenta. En estos días en los que los cristianos celebramos el Misterio Pascual puede ser interesante hacer una reflexión sobre una frase cargada de profundo sentido teológico: ¿Cómo se realiza este ir y venir y qué significa? Gálatas 3,22 nos dice: “La Escritura encerró todas las cosas bajo el pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por la fe en Jesucristo”.Y Romanos 11,32: “A todos encerró Dios en la desobediencia para usar de misericordia con todos”. Todo el Antiguo Testamento presenta una humanidad dominada por el pecado. La humanidad por sus propias fuerzas no podía salir de aquella situación de pecado. Este es el sentido de estos textos de San Pablo.
“Mas cuando vino la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley afín de que recibiéramos la adopción de hijos” (Gálatas 4,4). Jesús se mete en este mundo de pecado, se reviste del pecado; se mete en esa atmósfera de pecado de la humanidad. “En efecto, lo que era imposible a la Ley, por cuanto estaba debilitada a causa de la carne, Dios lo realizó enviando a su propio Hijo en carne semejante a la del pecado y condenando a causa del pecado, al mismo pecado en la carne…para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, los que andamos no según la carne, sino según el Espíritu” (Romanos 8,3)
En Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, había elementos que no eran de Dios. La humanidad de Jesús tenía privaciones. Por eso sufrió y murió; prueba de ello lo tenemos en el Huerto de los Olivos. Hebreos 5,7 nos dice: “Él, que en los días de su vida mortal, habiendo presentado con violento clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte y habiendo sido escuchado por su piedad, aunque era Hijo, aprendió, por lo que padeció, la obediencia; y hecho perfecto, se convirtió para todos aquellos que le obedecen en principio de salud eterna…” Jesús necesitaba de Dios. Su Humanidad, igual que la humanidad de los demás tenía los efectos del pecado y necesitaba de Dios para que esta humanidad fuese glorificada. Nuestro Dios es cercano, salva amando, desde dentro de la misma humanidad.
No obstante, Jesús permanece en la santidad del Padre en cuanto Dios; es en cuanto hombre en lo que tiene ser purificada y glorificada su humanidad. Y lo hace libremente cumpliendo su misión de enviado. Juan 10,17 nos lo dice así: “El Padre me ama, porque yo doy mi vida y la tomo de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy yo por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de volver a tomarla. Tal es el mandato que recibí de mi Padre”. En Romanos 6,10-11 se profundiza más esta realidad y nos pone a nosotros como beneficiarios: “En realidad, lo que murió en Él, murió al pecado una vez para siempre; mas lo que vive, vive para Dios. Así, también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”. Y Pedro en su primera carta nos afirma: “Pues también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, con el fin de conducirnos a Dios; muerto en la carne, vivificado en el Espíritu” (1ª Pedro, 3,18).
Nosotros, nuestra humanidad, con todo lo que somos y tenemos, hemos nacido en mejores condiciones por la Resurrección de Cristo. Hechos de los Apóstoles 13,32-33 nos lo manifiesta así: “Y nosotros os anunciamos la buena nueva. La promesa hecha a nuestros padres, Dios la cumplió en nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”. Por toda la eternidad Cristo permanece en la glorificación por parte del Padre. Es glorificado en cuanto se inmola. Se ofreció una sola vez pero para siempre. En Cristo se destrozada su carne mortal para ser glorificada y en Él también nosotros. Pero para ello, tenemos que destrozar nuestra carne para poder ser glorificados; es en Cristo Jesús donde hemos de buscar nuestra salvación. En nuestra época, en nuestros días “destrozar nuestra carne” significa desterrar toda actitud de pecado, de falta de amor en nosotros mismos y luchar contra toda estructura de pecado dando testimonio de Jesucristo Resucitado.
“Me voy y vengo”. Es aquí donde radica la profundidad del Misterio Pascual. El Cristo Glorificado es el que vuelve distinto del que se fue (Pasión – Pascua). El Jesús que se fue en la Cruz era personal histórico, sometido bajo las leyes del tiempo y del espacio, el que viene es el Cristo, que ha sido glorificado, Cristo perfecto que no está bajo ninguna ley. Con Él se ha inaugurado un tiempo y una Tierra Nueva. Todo lo regirá el amor, el equilibrio de bondad que Él ha alcanzado. El Cristo-Iglesia que es donde nos tenemos que santificar ha de vivir también el Misterio Pascual, “Cruz-Resurrección”. En nuestra asociación con la Iglesia es donde nos tenemos que santificar. De aquí viene la caridad en toda actuación. Seremos juzgados en el Amor. Nuestra vida ha de ser una incorporación en Cristo. Yo me santifico para que los demás se santifiquen. La acción por los demás es el brote necesario de todo cristiano. Todo el se precie de seguir a Cristo tiene que morir a sí mismo en toda actitud egoísta y tendrá que tener, por tanto, una proyección de entrega y amor a los demás.
